Traducción de Cayetano Rosell
 
     
CANTO V
 
Al entrar Dante en el segundo círculo, encuentra á Mínos, juez de los condenados, que le advierte con cuánta precaución debe internarse en aquel lugar. Ve que los que allí sufren tormento son los lujuriosos, cuya pena consiste en hallarse eternamente expuestos a terribles huracanes en medio del espacio borrascoso y lóbrego. Entre los que allí padecen, acierta á conocer á Francisca de Rímini, que le refiere la lamentable historia de sus amores y desventuras.


Así bajé desde el primer círculo al segundo, que contiene menor ámbito y dolores tanto mayores, cuanto que se truecan en alaridos. Allí tiene su tribunal el horrible Mínos, que rechinando los dientes, examina miéntras entran á los culpables, y juzga y destina á cada uno segun las vueltas que da su cola.

Digo que cuando se le presenta el alma de un pecador, le hace confesar todas sus culpas, y como tan conocedor de ellas, ve qué lugar del Infierno le corresponde, y enrosca su cola tantas veces, cuantas indica el número del círculo á que la destina
(1). En su presencia están siempre multitud de almas, que unas tras otras van acudiendo al juicio; declaran, oyen su sentencia y caen precipitadas en el abismo.

«¡Oh tú, que vienes á esta dolorosa mansion!» gritó Mínos al verme, suspendiendo el afan de su terrible ministerio. «Advierte cómo entras, mira de quién te fias, y no te engañe lo anchuroso de la entrada.»

Y mi Director le dijo: «¿Por qué gritas tú tambien (2)? No te opongas á una empresa que han resuelto los hados: así lo han querido allí donde pueden cuanto quieren; y excusa preguntar más.»

Entonces comenzaron á hacérseme perceptibles las dolientes voces; entónces llegué á un punto donde hirieron grandes lamentos mis oídos. Encontréme en un sitio privado de toda luz
(3), que mugia como el mar en tiempo de tempestad, cuando se ve combatido de opuestos vientos. El infernal torbellino, que no se aplaca jamás, arrebata en su furor los espíritus, los atormenta revolviéndolos y golpeándolos; y cuando llegan al borde del precipicio (4), se oyen el rechinar de los dientes, los ayes, los lamentos, y las blasfemias que lanzan contra el poder divino. Comprendí que los condenados á aquel tormento eran los pecadores carnales que someten la razon al apetito; y como en las estaciones frias y en largas y espesas bandadas vienen empujados por sus alas los estorninos, así impele el huracan á aquellos espíritus perversos, llevándolos de aquí allá y de arriba abajo, sin que pueda aliviarlos la esperanza, no ya de algun reposo, mas ni de que su pena se aminore. Y á la manera que pasan las grullas entonando sus gritos y formando entre sí larga hilera por los aires, del mismo modo ví que llegaban las almas exhalando sus ayes, á impulsos del violento torbellino.

Por lo cual dije: «Maestro, ¿qué sombras son esas tan atormentadas por el aire tenebroso?»»

Y él entónces me respondió: «La primera de esas por quienes preguntas, fué emperatriz de muchas gentes (5), y tan desenfrenada en el vicio de la lujuria, que promulg6 el placer como lícito entre sus leyes, para librarse de la infamia en que habia caido. Es Semíramis, de quien se lee que dió de mamar á Nino (6) y llegó á ser esposa suya, reinando en la tierra que el Soldan (7) rige. La otra es aquella que se mató de enamorada (8), violando la fe jurada á las cenizas de Siqueo. Despues viene la lujuriosa Cleopatra. Y vi á Elena, por quien tan calamitosos tiempos sobrevinieron; y al grande Aquíles, que al fin murió víctima del Amor (9). Ví á Páris, á Tristan; y me mostró, señalándolas con el dedo, otras mil almas que perdieron sus vidas por causa del mismo Amor.»

Al oir á mi sabio Director los nombres de tantas antiguas damas y caballeros, sentí gran lástima, y casi perdí el sentido.

Pero le dije:«Poeta, de buena gana hablaria á esos dos que van volando, y parecen tan ligeros con el ímpetu del viento.»

Y me respondió: «Aguarda á que estén más cerca de nosotros: ruégaselo entónces por el Amor que los conduce; y vendrán al punto.»

Luégo que el viento los trajo hácia donde estábamos, les dirigí así la voz: «¡Oh, almas apenadas! venid á hablar con nosotros, si no os lo veda nadie.»

Y como palomas que incitadas por su apetito vuelan al dulce nido, tendidas las fuertes alas y empujadas en el aire por el amor, así salieron del grupo en que estaba Dido, cruzando la maléfica atmósfera hasta nosotros: que tan eficaces fueron mis afectuosas palabras.

«¡Oh, cuerpo animado, tan gracioso como benigno, que vienes á visitar en este negro (10) recinto á los que hemos teñido con nuestra sangre el mundo! Si nos fuese propicio el Rey del universo, le pediríamos por tu descanso, ya que te compadeces de nuestro perverso crímen (11). Oiremos y os hablaremos de cuanto os plazca oir y hablar, miéntras el viento esté sosegado, como lo está ahora. Yace la tierra en que ví la luz sobre el golfo donde el Po desemboca en el mar para descansar de su largo curso, con los rios que le acompañan (12). Amor, que se entra de pronto en los corazones sensibles, infundió en éste (13) el de la belleza que me fué arrebatada de un modo que todavía me está dañando (14). Amor, que no me exime de amar á ninguno que es amado, tan íntimamente me unió al afecto de ñeste, que, como ves, no me ha abandonado aún. Amor nos condujo á una misma muerte (15); y Cain aguarda al que nos quitó la vida (16)

Estas palabras nos dijeron; y al oir á aquellas almas laceradas, incliné el rostro, y permanecí largo tiempo de esta suerte, hasta que el Poeta me dijo:

«¿En qué piensas?»

Y respondí exclamando: «¡Ay de mí! ¡Qué de dulces ensueños, qué de afectos los conducirian á su doloroso trence!»

Y volviéndome despues á ello para hablarles, dije: «Francisca, tus tormentos me arrancas lágrimas de tristeza y de compasion. Mas díme: cuando tan dulcemente suspirabais, ¿con qué indicios, de qué modo os concedió el Amor que os persuadierais de vuestros deseos todavía ocultos?»

Y ella me respondió: «No hay dolor más grande que el de recordar los tiempos felices en la desgracia; y bien sabe esto tu Maestro (17). Pero si tanto deseas saber el primer orígen de nuestro amor, haré como el que al propio tiempo llora y habla. Leíamos un dia por entretenimiento en la historia de Lanzarote, cómo le aprisionó el Amor. Estábamos solos y sin recelo alguno. Más de una vez sucedió en aquella lectura que nuestros ojos se buscasen con afan, y que se inmutara el color de nuestros semblantes; pero un solo punto dió en tierra con nuestro recato. Al leer cómo el gentilísimo amante apagó con ardiente beso una sonrisa incitativa, éste, que jamás se separará de mí, trémulo de pasion, me imprimió otro en la boca. Galeoto fué para nosotros el libro, como era quien lo escribió (18). Aquel dia ya no leimos más (19)

Miéntras el espíritu de ella decia esto, el otro se lamentaba de tal manera, que de lástima estuve á punto de fallecer; y caí desplomado, como cae un cuerpo muerto.
 
   
Notas del traductor

(1) Y más literalmente: cuantos círculos quiere que profundice.
(2) Como al llegar á la laguna infernal le había gritado Caron.
(3) Mudo de toda luz, dice el original; metáfora bellísima, pero sobrado atrevida para trasladarla á la humilde prosa.
(4) Segun algunos, hay una variante en este verso, que debiera decir: Quando giungon de'venti alla ruina; en cuyo caso desaparecerían las dificultades que ha habido para explicar esta frase, pues querría decir: cuando llegan al punto en que chocan con los vientos.
(5) Di molte favelle, de muchas lenguas, por la diversidad de naciones que las hablaban.
(6) Che sugger dette a Nino; otros textos dicen: che succedete a Nino, que sucedió á Nino, y los editores y comentaristas, al preferir una ú otra leccion, se empeñan en prolijas discusiones para justificar cada cual la suya. Nosotros nos creemos obligados á reproducir fielmente el que hemos adoptado por original, en primer lugar, porque carecemos de autoridad para proceder arbitrariamente; en segundo, porque vemos defendida con razones, á nuestro juicio incontestables, la version de que Semíramis fué madre y esposa de Nino. El concepto resulta así más atrevido, la conjuncion e más oportuna y necesaria, la frase di cui si legge más propia, porque nada tiene de extraño que se lea lo que es un hecho histórico innegable, y por último más natural el horror con que encarece Dante por una parte el crímen y por otra el tormento de la infame reina, pues el suceder á su esposo en el trono, nada tendria de extraordinario. Además, en un códice del afio 1370, que se conserva en la biblioteca Laurenciana, señalado con el núm. 2, se escribe ya encima del succedete la variante sugger dette, y esta misma consta en otro códice del Museo Británico, correspondiente al siglo XIV; de suerte que ni esta suprema razon pueden alegar los idólatras de los monumentos de época tan remota. Pero nuestros lectores tienen ya una y otra version, y en su buen criterio elegirán la que les parezca más conveniente.
(7) Sultán de los Turcos.
(8) Dido
(9) De resultas de haber combatido por Polisera.
(10) Perso no es precisamente color negro, sino negro y púrpura, aunque en la mezcla predomina el negro.
(11) Las dos almas que tanto interés produjeron en Dante eran la bellísima Francisca, hija de Guido de Polenta, y Pablo Malatesta, su cuñado. Casada aquella, segun parece, por engaño, con el hermano de éste, Lancioto ó Giancioto, príncipe despreciable y deforme, cuando su hermano era gentil y airoso, tuvieron ambos cuñados, que ya se habían amado, la desgracia de entregarse á su pasion; de lo que sabedor el marido, los sorprendió un dia, y á un mismo tiempo les dió la muerte. Llámase Francisca de Rímini la desdichada amante, y generalmente por este nombre se la conoce, porque los dos hermanos Malatesta eran hijo del señor de Rímini.
(12) Era la ciudad de Rávena, situada en la playa del mar Adriático, á unas diez millas de la desembocadura del Po.
(13) En su amante y cuñado Pablo.
(14) Ancor m'offende. La ofendia el recuerdo de su trágico fin, ó por la pena que la causaba, ó, segun otros, por el engaño de que fué víctima al casarse.
(15) Los condujo á la par, á un mismo tiempo, á la muerte.
(16) Cain ó Caina, el lugar ó círculo reservado en el Infierno á Cain y los fratricidas.
(17) Esto se dice, ó por Virgilio, ó por Boecio, autor del libro De Consolatione, etc., de quien era Dante muy apasionado.
(18) Tan confuso está este pasaje, que requiere una explicacion. Galeoto fué el medianero en los amores de Lanzarote y la reina Ginebra. Por esto dice Francisca que entre ella y su amante fué tambien Galeoto, esto es, medianero el libro, como su autor, que se llamaba así.
(19) No llevarán á mal nuestros lectores que insertemos aquí alguna de las muchas ilustraciones que se han dado á luz sobre el célebre cuanto poético episodio de Francisca de Rímini. Desde luégo parecerá no muy delicado el proceder de Dante, al saber que imprimia esta mancha en la ilustre familia de un favorecedor y amigo suyo. Mas las palabras que pone en boca de Francisca son de tal naturaleza, que no pueden ménos de inspirar vivísimo interés y lástima. Francisca atribuye la pasion de su cuñado, no á depravacion, sino á nobleza de ánimo. Confiesa que ella le correspondió, que amó porque se vió amada, que triunfó de su corazon este sentimiento, y que fué su castigo una muerte indigna. Dante reune aquí la concision á la claridad, y la más ingenua sencillez al conocimiento más profundo del corazon humano. La pasion de Francisca sobrevive al castigo que le impone el cielo, pero sin vestigio alguno de impiedad. No fué seducida: solos y desprevenidos contra el peligro á que se exponian, pusiéronse ambos cuñados á leer una historia amorosa; la ventura de los dos amantes de que se trataba les sugirió involuntariamente un ciego deseo. Confesado el yerro, se apresura la infeliz á terminar la escena con un toque que revela su vergüenza y su confusion. «Quel giorno pui non vi leggemmo avante». Y no profiere una palabra más.
Dante hace siempre que la justicia divina caiga sobre el culpable, pero la piedad humana compadece y atenúa la ofensa segun las circunstancias que han contribuido á ella. Vitupera ó alaba á las personas conforme al bien ó al mal que han ocasionado á su patria, conforme á la gloria ó infamia que han procurado á su reputacion. Para las naciones que viven en un estado semi-salvaje, no hay más ley que las pasiones; y Dante, que escribió para su época, juzgaba honrosa la venganza, como lo demuestra el pensamiento con que concluye una de sus composiciones líricas: «Chè bell'onor s'acquista in far vendetta. Estas observaciones ilustran el episodio de Francisca, conforme en un todo con las máximas, la poesía y las inclinaciones de Dante y del siglo en que vivió. Satisface á la justicia divina poniendo á Francisca en el Infierno, pero de suerte que es digna de compasion, y da á la hija de su amigo la celebridad que no podia concederla la tradicion. Añádase á esto que cuando Dante escribia, estaba aún vivo y era poderoso el marido de Francisca, pero la audaz indignacion del Poeta le destina á la infamia, condenándole como á los fratricidas. Caina attende chi in vita ci spense. La verdad es que el padre de Francisca continuó protegiendo á Dante, y que no sólo acompañó sus restos mortales al sepulcro, sino que pronunció en su honor un elogio fúnebre. Sus sucesores defendieron tambien la tumba del Poeta contra el poder de Cárlos de Valois, rey de Nápoles, y del papa Juan XXII, cuando mandó desde Aviñon á Rávena al cardenal del Poggetto para que exhumando los huesos del Poeta, los quemase y esparciera al viento las cenizas. Esta anécdota la incluye el Boccaccio en la vida de Dante, que generalmente se tiene por una novela; pero la confirma en sus escritos Bartolo, célebre jurisperito que vivia por entonces, que muy claramente alude á aquel hecho al tratar de la ley De Reindicandis reis (ad. cod. lib. I De Reindic.).
           
 
   
(Tr) La Divina Comedia, según el texto de las ediciones más autorizadas y correctas, nueva traducción directa del italiano por Cayetano Rosell; completamente anotada y con un prólogo biográfico-crítico, escrito por Juan Eugenio Hartzenbusch; ilustrada por Gustavo Doré, Barcelona: Montaner y Simón, 1870.