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La vida de Crowley estará ligada a los cuatro nudos o puntas de su cuadrilátero existencial: magia, viajes, sexo y literatura. En 1898 ingresa en la sociedad secreta Golden Dawn, orden que reivindica a John Dee, famoso alquimista y astrólogo del siglo XVI. Crowley comienza así un periplo existencial que le llevará a París, los Alpes, el Himalaya, México, Sri Lanka, Marruecos, España, Portugal, Cefalú -donde funda una abadía-, los Estados Unidos, Egipto, Hong Kong, y otros muchos lugares, casi siempre acompañado por un amor, masculino o femenino, con quien compartir sus experiencias mágicas, literarias y sexuales. Crowley era, además, un experto en drogas, y hasta el final de su vida consumió cocaína y heroína, esta última inyectada, según John Symonds, en la axila. [...]
«La bestia 666», como a él le gustaba que le llamasen, fue conocido en su tiempo, ante todo, por la impúdica y constante exhibición de su vida. Es Crowley uno de esos artistas que intentan convertir, también, su vida en obra de arte. Sus escándalos de todo tipo (sexuales, matrimoniales, heréticos...) le sirvieron para ser acusado de canibalismo y «prácticas infames» por el Sunday Express. Llegó a vender incluso Píldoras del Elixir de la Vida, cuyo principal ingrediente era, parece ser, el esperma del propio Crowley. Vivió en suntuosos edificios y también en los arrabales más bajos del mundo. Precisamente, entre los edificios que frecuentó, durante su estancia en Nueva York, figura el famoso edificio Dakota, construido hacia 1885, un edificio maldito para una vida y una obra, la de Crowley, maldita. No olvidemos que entre la iconografía de la psicodelia y los movimientos culturales de los sesenta, Crowley cuenta con un lugar privilegiado: un espacio para su rostro en la portada del disco de los Beatles Sargent Pepper.
Todo este catálogo, y muchas otras cosas que pueden leerse en sus biografías, sirvió para que Crowley se ganara apelativos, por parte de la prensa británica, como los de «el rey de la depravación», «el hombre más perverso del mundo», «una bestia humana», «un hombre al que nos gustaría colgar», y otros semejantes.
La paradoja, pues, se cumplió: Crowley, quien toda su vida intentó ser un hombre notable y conocido, provocó -con sus continuas exhibiciones- que el mundo de la cultura oficial de su época no lo tuviese en cuenta como poeta ni como narrador. La vida y la magia, con sus subsecuentes escándalos, cubrieron con un tupido manto su personalidad literaria. (T)
(De José Francisco Ruiz Casanova, «Aleister Crowley, "el más grande poeta de Inglaterra"», Hora de Poesía , 69-70, mayo-agosto 1990, pp. 25-26.)
A ningún otro libro de Crowley como a Rodin en verso pueden aplicarse las palabras que su autor escribiera en el prólogo de White Stains (1898): «La grandeza del poeta consiste en gran medida en su capacidad para ver a través de los ojos de otro hombre». En Rodin... se aplicó Crowley para que su poesía no sólo fuese deudora de la obra del escultor, sino que sus versos fuesen en sí mismos reflejo de la grandeza artística de Rodin y una reivindicación, contra viento y marea y contra el empuje de unas emergentes vanguardias cuya finalidad última parecía ser, en exclusiva, la de arrinconar y menospreciar la obra del autor del Balzac. Aun y con todo, Rodin fue para Crowley algo más que un artista con quien solidarizarse, en quien buscar apoyo o, incluso, un tema literario; fundamentalmente, Rodin fue un episodio más de la vida del Mago Thérion, y como tal episodio debía pasar a formar parte de su obra escrita. (T)
(Del epílogo de José Francisco Ruiz Casanova a su traducción de Rodin en verso, p. 140.)
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