Nota introductoria y traducción de Luis Martínez de Merlo
 
 
   
 
Es inútil hablar ya de la imposibilidad o no de la traducción de textos poéticos. Nada diré acerca de mis presupuestos —ni de mis esfuerzos por cumplirlos— de fidelidad y respeto, no sólo, al espíritu, sino a la letra del autor de estos versos. Diré tan sólo que esta traducción se pretende además de literal y escrupulosa con las fórmulas métricas y estilísticas de Baudelaire —pretensiones de efectos en tantos casos irreconciliables— también, y más aún, capaz de ser leída con un placer de una índole semejante a la de los textos originales, de ser degustada, en cierto modo, como un hecho literario autónomo, sin dejar de poner en evidencia su condición ancilar; en este paradójico empeño he puesto todos mis afanes y mis saberes, más allá de la impericia filológica y la larga experiencia en la práctica de la versificación.

Traduzco, como es ya habitual en otros trabajos míos, en verso blanco, unos poemas originalmente rimados en rima consonante. Esta cruel mutilación de carácter programático, si bien menos dolorosa en las mayoritarias composiciones de arte mayor, principalmente en las diversas combinaciones del alejandrino pues nuestro oído actual está del todo acostumbrado a otro tipo de sonoridades más sutiles, y en ocasiones la forzada consonancia produce un efecto chocante y un poco demodé, tiene en cambio devastadoras consecuencias en otros poemas que, concebidos a modo de canciones de breves estrofas de arte menor, obtienen de la rima su mayor eficacia. Dolorosa operación, sin duda, pero necesaria. La apelación a la recurrencia tímbrica, la aliteración o similicadencia en el interior de algunos versos, en unos casos, y el esmero en el trabajo rítmico en otros, han procurado paliar en parte esa falta.

La presencia confrontada del texto francés en la presente edición hace, no diré innecesaria, con despectiva y falsa humildad, la versión en castellano, pero sí prescindibles ciertas acaso útiles consideraciones sobre el sistema métrico baudeleriano, mis propias técnicas de recodificación, o ciertos pasajes peregrinos o chocantes que un lector desasistido del original podría encontrar.

Advertiré, en cuanto a lo primero, que ha sido la proliferación de composiciones en eneasílabo —tan ajeno a nuestra tradición, que ofrece muy pocos modelos para su acomodamiento— bien solo, bien en aún más extrañas combinaciones con alejandrinos; y los aún más breves ritmos del hexasílabo o el pentasílabo, los que más quebraderos de cabeza me han proporcionado, y de donde más discutibles frutos he logrado alcanzar. Para la adecuación del alejandrino me ha sido fundamental el eco de la música de Rubén y los modernistas y de tantos otros de sus frecuentadores contemporáneos: de Aleixandre, de Juan Ramón, de Cernuda, pero también de García Baena.

En cuanto a lo segundo he procurado seguir el texto francés verso a verso, o, en casos de extrema imposibilidad, la reorganización intraestrófica. La supresión de elementos pleonásticos o fácilmente deducibles, la concreción o disociación de significados, la paráfrasis inevitable, el cambio de estructura o categoría gramatical, la adición de tramos desemantizados, la aproximación sinonímica, la permutación de hemistiquios entre dos o más versos, el encabalgamiento interno o externo, la eliminación de nexos, la utilización de vocativos o exclamaciones en momentos oportunos o su escamoteo en otros, han sido algunas de las operaciones más habituales en esta tarea, que en alguna ocasión más reposada quisiera poder describir más por lo menudo.

En cuanto a lo tercero, que no he dejado de intentar reproducir algunas de las particularidades más obvias del estilo de Baudelaire, y que algunas extravagancias se encuentran ya en el original. (T)

(De la nota de Luis Martínez de Merlo a su traducción de Las flores del mal Madrid, Cátedra: 1998, pp. 63-64)
     
   
LES PHARES
Rubens, fleuve d'oubli, jardin de la paresse,
Oreiller de chair fraîche où l'on ne peut aimer,
Mais où la vie afflue et s'agite sans cesse,
Comme l'air dans le ciel et la mer dans la mer;

Léonard de Vinci, miroir profond et sombre,
Où des anges charmants, avec un doux souris
Tout chargé de mystère, apparaissent à l'ombre
Des glaciers et des pins qui ferment leur pays;

Rembrandt, triste hôpital tout rempli de murmures,
Et d'un grand crucifix décoré seulement,
Où la prière en pleurs s'exhale des ordures,
Et d'un rayon d'hiver traversé brusquement;

Michel-Ange, lieu vague où l'on voit des Hercules
Se mêler à des Christs, et se lever tout droits
Des fantômes puissants qui dans les crépuscules
Déchirent leur suaire en étirant leurs doigts;

Colères de boxeur, impudences de faune,
Toi qui sus ramasser la beauté des goujats,
Grand cœur gonflé d'orgueil, homme débile et jaune,
Puget, mélancolique empereur des forçats;

Watteau, ce carnaval où bien des cœurs illustres,
Comme des papillons, errent en flamboyant,
Décors frais et légers éclairés par des lustres
Qui versent la folie à ce bal tournoyant;

Goya, cauchemar plein de choses inconnues,
De fœtus qu'on fait cuire au milieu des sabbats,
De vieilles au miroir et d'enfants toutes nues,
Pour tenter les démons ajustant bien leurs bas;

Delacroix, lac de sang hanté des mauvais anges,
Ombragé par un bois de sapins toujours vert,
Où, sous un ciel chagrin, des fanfares étranges
Passent, comme un soupir étouffé de Weber;

Ces malédictions, ces blasphèmes, ces plaintes,
Ces extases, ces cris, ces pleurs, ces Te Deum,
Sont un écho redit par mille labyrinthes;
C'est pour les coeurs mortels un divin opium!

C'est un cri répété par mille sentinelles,
Un ordre renvoyé par mille porte-voix;
C'est un phare allumé sur mille citadelles,
Un appel de chasseurs perdus dans les grands bois!

Car c'est vraiment, Seigneur, le meilleur témoignage
Que nous puissions donner de notre dignité
Que cet ardent sanglot qui roule d'âge en âge
Et vient mourir au bord de votre éternité!





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LOS FAROS (1)
Rubens, río de olvido, jardín de la pereza,
fresca almohada de carne,
(2) donde amar no se puede,
mas la vida aún afluye y sin tregua se agita,
como el aire en el cielo, y la mar en la mar;

Leonardo da Vinci, sombrío y hondo espejo,
en que hechiceros ángeles, con su dulce sonrisa,
cargada de misterio,
(3) se muestran en la sombra
de glaciares y pinos que cierran sus países;

Rembrandt, triste hospital
(4)  preñado de murmullos,
solamente adornado por un gran crucifijo,
donde en llanto se exhala la oración del estiércol,
y que un rayo de invierno bruscamente atraviesa;

Miguel Ángel, lugar incierto en que los Hércules
se mezclan a los Cristos, y donde en pie se alzan
fantasmas poderosos que al llegar el crepúsculo
desgarran su mortaja
(5) con los dedos crispados;

iras de boxeador, impudores de fauno,
tú que supiste ver la belleza canalla,
pecho hinchado de orgullo, hombre amarillo y débil,
Puget,
(6) de los forzados melancólico rey;

Watteau, ese carnaval donde, cual mariposas,
ilustres corazones resplandeciendo vuelan,
ligeros decorados alumbrados por lámparas
que la locura vierten sobre el baile que gira;
(7)

Goya, la pesadilla de ignotas cosas llena,
(8)
fetos que se cocinan en medio del sabbat,
viejas ante el espejo, niñas todas desnudas,
que las medias se ajustan tentando a los demonios;

Delacroix, sanguinoso lago de ángeles malos,
por un bosque de abetos siempre verdes umbrado,
donde extrañas fanfarrias bajo un cielo de pena
cruzan, como un suspiro sofocado por Weber;
(9)

estas blasfemias, estas maldiciones y quejas,
estos éxtasis, gritos, llantos, estos
Te Deum,
son un eco que mil laberintos repiten;
¡del corazón mortal son un opio divino!
(10)

¡Es por mil centinelas un grito renovado,
una orden que mil pregoneros propagan;
es un faro encendido sobre mil ciudadelas,
grito de cazadores en la selva perdidos!

¡Pues, Señor, es sin duda el mejor testimonio
que podríamos dar de nuestra dignidad,
este ardiente sollozo que rueda por los siglos,
y que muere en el borde de vuestro ser eterno!





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Notas del traductor
(1)La intención del poeta, y antes que él de Stendhal, era traducir en poesía el alma del arte y el artista.
(2)  Ingres, según dicen, calificaba a Rubens de «carnicero borracho».
(3)  Probable alusión a La Gioconda de Leonardo.
(4)  Baudelaire piensa probablemente en La lección de anatomía.
(5) El poeta conoció la obra de Miguel Ángel a través de Delacroix, quien por aquel entonces se interesaba por la escultura del maestro italiano. El cuarteto, sin embargo, alude al Último Juicio, es decir a los frescos de la Capilla Sixtina.
(6) Pierre Puget (1620-1694), célebre escultor francés, nacido en Marsella; residió la mayor parte de su vida en Tolón donde pudo observar los tipos humanos del puerto y del presidio situado en los alrededores de la ciudad.
(7) La obra de Watteau se puso de moda hacia 1830; el museo del Louvre sólo poseía el cuadro titulado Viaje a Citerea, el cual inspiró a Baudelaire el poema homónimo.
(8) Baudelaire alude aquí a los Caprichos y más particularmente al número 43: «El sueño de la razón produce monstruos».
(9) Baudelaire comentó esta estrofa en su artículo sobre la Exposición Universal de 1855. El «sanguinoso lago» se refiere al uso frecuente del color rojo por Delacroix; los «ángeles malos» simbolizan el supernaturalismo del pintor. La mención de Weber se explica por la correspondencia percibida por el poeta entre la música romántica y la pintura de Delacroix.
(10) Constituye un lugar común de la religión de los románticos (véase Lamennais, por ejemplo) el concebir el Arte como elevación impetuosa hacia lo Infinito, lo Eterno, la Divinidad.
 
La felicidad de la Regencia, 1623-1625
Pieter Paul Rubens
Musée du Louvre, París
 

 
La Gioconda, 1503-1506
Leonardo de Vinci
Musée du Louvre, París
 

 
La lección de anatomía del doctor Nicolás Tulp,  1632
Rembrandt Harmenszoon van Rijn
Mauritshuis, La Haya

 
El Juicio Final,  1537-1541
Miguel Ángel
Capilla Sixtina, Vaticano
 

 
Milón de Crotona, 1682
Pierre Puget
Musée du Louvre, París
 

 
Fiestas venecianas, c. 1717
Jean-Antoine Watteau
National Gallery of Scotland, Edimburgo
 

 
«El sueño de la razón produce monstruos»,
Caprichos,
1797-1799
Francisco de Goya
Biblioteca Nacional, Madrid
   

 
La muerte de Sardanápalo, 1827
Eugène Delacroix
Musée du Louvre, París
 

 
El rapto de Rebeca, 1846
Eugène Delacroix
Musée du Louvre, París
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(Or) Charles BAUDELAIRE, Les fleurs du mal, en Ouvres complètes, volumen 5, París: Louis Conard, 1922.
(Tr)
Charles BAUDELAIRE, Las flores del mal, traducción de Luis Martínez de Merlo, Madrid: Cátedra, 1998. Versiones revisadas por el traductor para su publicación en Saltana.
 
Charles BAUDELAIRE, Les fleurs du mal, texte intégrale de la première (1857) et la seconde édition (1861). Baudelaire: sa vie, son œuvre, regards, dans le site baudelaire. litteratura.com , conçu par Azziz El Khiati.
Catalogue des ouvrages de Charles Baudelaire. Centre d'études du XIXe siècle français Joseph Sablé, Université de Toronto.
 
Luis QUINTANA TEJERA, «El soneto en Baudelaire», Espéculo, revista de estudios literarios, 16, noviembre del 2000-febrero del 2001, Universidad Complutense de Madrid.
 
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