Traducción de Pedro Fernández de Villegas
CANTO V
 
Ansí descendimos del cerco primero
ayuso al segundo que menos ceñía,
mas donde más llanto y dolor se sentía
de cuanto se pueda pensar lastimero.
Estaba allí Minos horrible y fïero,
con brama y regaño de un bravo león;
está esaminando las culpas que son,
mandando juzgaba por modo sincero.

Pues digo que el alma en mal punto nascida
veniendo delante del todo confiesa
su mala vivienda cabtiva y aviesa,
que no hay escondrijo ni menos fuida;
y el conoscedor de la su torpe vida,
que allí en el infierno sus culpas costriñe,
tantas de vueltas su cola se ciñe
en cuantos de grados será su caída.

Por sus veces vienen al triste judicio
las ánimas muchas segund son llamadas,
y dicen y oyen; después derribadas
las tumba el demonio al su sacrificio.
«Oh, tú que te vienes a tan fiero hospicio,
¿cómo es acá ayuso venir has osado?»,
me dijo Minos horrible y turbado,
dejando los actos de su grande oficio.

«Reguarda cómo entras, que es ancha la entrada,
y en quién te confias, con quién te acompañas.»
La mi guía dijo: «¿Por qué te arregañas?,
que no has de empacharle en aquesta jornada
que le es concedida y estále fadada.
Así está mandado donde es el poder;
no cumple que de esto más quieras saber».
Así descendimos por nuestra bajada.

Comienzan a oírse los túrbidos sones;
do averas los siento ya somos venidos.
Grand planto firió de dolor mis oídos,
de luz son privadas las fieras mansiones,
estamos a ciegas oyendo aflicciones.
Que muge bramando aquel ciego logar
con vientos contrarios cual face la mar,
así son diversas sus fuertes pasiones.

No cansa jamás la bufera infernal,
espritos tragando su tanta rapina,
voltando y feriendo sus daños afina,
de duelo en tormento cresciendo su mal,
pues, siendo llegados al fondo bocal
y a ser derribados adonde se queman,
allí con sus gritos y plantos blasfeman
del cielo y la tierra y virtud divinal.

Segund entendí, en aqueste lamento
estaban dañadas las gentes carnales
siguiendo lujurias y vicios mortales,
subjecto a apetito fue su entendimiento.
Y, como los tordos, manaba sin cuento,
el viento foscoso los lleva volando
de arriba y abajo a los lados volcando,
así los demonios les dan el tormento.

Jamás los conforta ninguna esperanza
de verse en reposo ni haber hora buena,
y no de descanso, mas ser menor pena
ni solo un momento haber de folganza.
Y como las grúas, que tienen usanza
cantar por el aire pasando su banda,
así aquella gente su muerte demanda
con sus alaridos y desesperanza.

Yo dije: «Maestro, ¿quién es esta gente
que aqueste aire negro así los castiga,
diabólica fuerza tan bien los fatiga
en este fornace de fuego ferviente?»
Respúsome: «Aquella que vemos presente,
primera que quieres sus nuevas saber,
fue la imperatrice de grande poder,
de fábulas llena su historia patente.

»Es Semíramis de los vicios tan rota
que lícito fizo lo que hombre quisiese
porque con sombra de ley se encubriese
el blasmo y lujuria que era su nota.
De miedos femíneos fue tanto remota
que en bélicos usos folgó de contino,
mujer y después subcesora de Nino,
a Marte y a Venus que fue tan devota.

»Aquella que veis que se mata amorosa
y rompe la fe al amado Siqueo,
de su muerte a Eneas yo fágole reo,
aunque otros autores ser niegan tal cosa.
Después Cleopatra la tan lujuriosa,
Helena sangrienta en millares de miles».
Y vimos después a aquel grande Arquiles,
a quien Policena fue tanto dañosa.

A Paris, Tristán y otros muchos millares
de almas allí me mostró con el dedo,
que amor fue cuchillo del su vevir ledo
y allí los lanzó en tan tristes logares.
De ver caballeros a tan singulares
y damas antiguas como hobe entendido
llagó mis entrañas, turbó mi sentido,
sufriendo el mayor de mis duros pesares.

Comienzo a decir al poeta: «De grado
querria yo fablar a los dos de consuno
que entrambos ligeros se vienen en uno
lanzados del aire ferviente, turbado».
«Aguarda pues >-dijo- cuando hayan llegado
a sernos propincos y estonces los ruega
por su grande amor que en uno los llega.
Serás satisfecho como has deseado».

Y como del viento a nos son traídos:
«Oh, ánimas -dije-, maguer que cansadas
venís por el aire noturno afanadas
si ál no lo vieda prestadnos oídos».
Y como palomas que van a los nidos
cansadas con ganas de allí reposar
llegáronse ansí facia el nuestro logar,
dejando suspensos sus grandes gemidos.

Así se firmaron al aire malino
tan presto que hobieron mi voz entendido,
dejando la gente con quien iba Dido
por junto a nosotros turbada y sin tino:
«Oh, animal dulce -diciendo- y benino
que vas visitando este siglo perverso,
si el rey nos oyese del grande universo,
tu paz deseamos y sano camino.

»Pues eres movido de tal pïedad
que nuestra miseria queriendo saber
nos prestos estamos a te responder
en tanto que espera la grand tempestad.
Con sangre teñimos la nuestra maldad.
Nascí yo en la tierra que está a la marina
do el Po se deriva juntándose aína
con otros secuaces que han su amistad.

»Amor que se aprende al gentil corazón
a éste prendió de mi bella persona.
Amor que al amado de amar no perdona
a mí trajo presa a la misma presión.
Amor nos condujo a una mesma pasión,
en uno juntados y atados tan fuerte,
donde ambos en uno pasamos tal muerte,
que el modo me ofende de su relación».

Bajé la mi cara confusa, abatida,
por tales personas de ver tan ofensas
fasta que dijo el poeta: «¿Qué piensas?
Acá es do se escota la negra comida».
«¡Oh, cuánto -yo dije- mi alma afligida,
mi esprito turbado se siente y tan laso!
¡Cuán dulces deseos trujeron el paso
donde estos amantes perdieron la vida!»

Volviendo con ellos después a fablar
le dije: «Francisca, tu grande tormento
por siempre fará mi vevir descontento.
La triste mancilla me fuerza a llorar,
mas dime si puedes el tiempo y logar,
y cómo otorgaste el ilícito amor,
dudosos deseos del tal amador
porque tu buen seso pudieron cegar».

«Ninguno ser puede más grave dolor
-me dijo- al que es puesto en estrema laceria
que estonce acordarse en aquella miseria
del tiempo felice en que estuvo mejor;
y si los principios del mísero amor
tu quieres saber, y de tal desventura,
llorando y contando oirás la tristura
que allá padescimos y acá es lo peor.

»Entrambos estando en logar apartado
de aquel Lanzarote leyendo su historia,
el fuego de amor aun en nuestra memoria
por actos extrínsecos no demostrado,
materia nos dio el lascivo tratado.
De aquellos amantes habiendo leído,
suspensos los ojos cegado el sentido,
besó la mi boca tremiendo y turbado.

»Ansí Galeoto les fue medianero
segund que a nosotros el libro tan vano,
en cuya lectura es trabajo liviano
sin buena doctrina al vevir verdadero».
Mientra ella decía el su compañero
contino lloraba con tanto gemido
que su compasión amató mi sentido,
y a tierra me lanza el dolor lastimero.




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Nota editorial

La presente edición suprime los comentarios que figuran en el original 
y ordena los versos.
(Tr) La Divina Comedia de Dante Alighieri. Del Infierno: texto italiano con la versión que hizo en coplas de arte mayor Don Pedro Fernández de Villegas, arcediano de Burgos, y fue impresa en dicha ciudad en 1515, Madrid: Establecimiento Tipográfico de Tomás Rey y Compañía, s/f.