Traducción de Manuel Aranda y Sanjuan
CANTO V
Así descendí del primer círculo al segundo, que contiene menos espacio, pero mucho más dolor, y dolor punzante que origina desgarradores gritos. Allí estaba el horrible Minos que, rechina los dientes y examina las culpas de los que entran; juzga y da á comprender sus órdenes con un movimiento de su cola. Es decir, que cuando se presenta ante él un alma criminal, y le confiesa todas sus culpas, aquel gran conocedor de los pecados vé qué lugar del infierno debe ocupar y se lo designa, ciñéndose al cuerpo la cola tantas veces cuantas sean los círculos á que debe ser enviada.

Ante él están siempre muchas almas, acudiendo por turno para ser juzgadas; hablan y oyen, y después son arrojadas al abismo.

-¡Oh! tú, que vienes a la mansión del dolor!, - me dijo Minos cuando me vio, suspendiendo sus funciones; mira cómo entras y de quién te fías: no te alucine lo anchuroso de la entrada.- Entonces mi guía le preguntó: -¿Por qué gritas? No te opongas á su viaje ordenado por el destino: así lo han dispuesto allí donde se puede lo que se quiere; y no preguntes más.

Luego empezaron á dejarse oír voces plañideras: y llegué á un sitio donde me estremecieron grandes gemidos. Entrábamos en un lugar que carecía de luz, y que rugía como el mar tempestuoso cuando está combatido por vientos contrarios. La tromba infernal, que no se detiene nunca, envuelve en su torbellino a los espíritus; les hace dar vueltas continuamene, y les hiere y les molesta: cuando se encuentran ante su soplo, allí son los gritos, los llantos y los lamentos, y las blasfemias contra la virtud divina. Supe que estaban condenados a semejante tormento los pecadores carnales que sometieron la razón a sus lascivos apetitos; y así como los estorninos vuelan en grandes y compactas bandadas en la estación de los frios, así aquel torbellino arrastra á los espíritus malvados acá, allá, arriba, abajo, sin que abriguen nunca la esperanza de tener un momento de reposo ni de que su pena se aminore. Y del mismo modo que las grullas van lanzando sus tristes acentos formando todas una prolongada hilera en el aire, así también ví venir, exhalando gemidos, á las sombras arrastradas por aquella tromba. Por lo cual pregunté: -Maestro, qué almas son ésas á quienes de tal suerte castiga ese aire negro? -La primera de ésas, de quienes deseas noticias, me dijo entonces, fué emperatriz de una multitud de pueblos donde se hablaban diferentes lenguas, y tan dada al vicio de la lujuria que permitió en sus leyes todo lo que excitaba el placer, para ocultar de este modo la abyección en que vivía. Es Semiramis, de quien se lee que sucedió a Nino y fué su esposa y reinó en la tierra de que hoy es dueño el Sultan. La otra es la que se mató por amor y quebrantó la fe prometida á las cenizas de Siqueo. Después sigue la lasciva Cleopatra.

Vi también a Helena, que dio lugar á tan funestos tiempos; y ví al gran Aquiles que al fin tuvo que combatir contra el amor. Vi á Páris y á Tristan y a más de mil sombras que me fué enseñando y designando con el dedo y a quienes Amor había hecho salir de esta vida. Cuando oí a mi sabio nombrar las antiguas damas y los caballeros, me sentí dominado por la piedad y quedé como aturdido. Empecé a decir: -Poeta, quisiera hablar á aquellas dos almas que van juntas y tan ligeras parecen, impelidas por el viento.- Y él me contestó: -Espera que estén más cerca de nosotros; y entonces ruégales por el amor que las conduce que se dirijan hacia ti.- Tan pronto como el viento nos las trajo, alcé la voz diciendo: -Oh almas atormentadas! venid a hablarnos, si otro no se opone a ello.-

Como dos palomas escitadas por sus deseos, se dirigen con las alas abiertas y firmes hácia el dulce nido, llevadas en el aire por una misma voluntad, así salieron aquellas dos almas de entre la multitud donde estaba Dido, dirigiéndose hácia nosotros á través del aire mal sano, atraidas por mi fuerte y afectuoso llamamiento.

-Oh ser gracioso y benigno, que vienes á visitarnos en medio de este aire negruzco a nosotros que teñimos el mundo de sangre: si fuéramos amados por el rey del universo, le rogaríamos por tu tranquilidad ya que te compadeces de nuestro acerbo dolor. Todo lo que te agrade oir y decir, te lo diremos y escucharemos con gusto, mientas que siga el viento tan tranquilo como ahora. La tierra donde nací está situada en la costa donde desemboca el Po con todos sus afluyentes para descansar en el mar. Amor, que se apodera pronto de un corazon gentil, unió este á aquel hermoso cuerpo que me fué arrebatado y siento aun el dolor que me causó tan inesperado golpe. Amor, que no dispensa de amar al que es amado, hizo que me entregara tan vivamente al placer de que se embriagaba este, que como ves, no me abandona nunca. Amor nos condujo a la misma muerte. Cain espera al que nos arrancó la vida. -Tales fueron las palabras de las dos sombras.

Al oir á aquellas almas heridas, bajé la cabeza y la tuve inclinada tanto tiempo, que el Poeta me dijo: -En qué piensas? -Ah! exclamé al contestarle; cuántos dulces pensamientos, cuántos deseos les han conducido á este sitio doloroso.- Después me dirigió hacia ellos, diciéndoles: -Francisca, tus desgracias me hacen derramar tristes y compasivas lágrimas. Pero dime: en el tiempo de los dulces suspiros, cómo os permitió Amor conocer vuestros decretos deseos? -Ella me contestó: -No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria; y eso lo sabe bien tu Maestro: pero si tienes tanto deseo de conocer cuál fué el principal origen de nuestro amor, haré como el que habla y llora a la vez. Leíamos un día por pasatiempo las aventuras de Lancelote, y el modo cómo cayó en las redes del Amor: estábamos solos y sin abrigar sospecha alguna. Aquella lectura hizo que nuestros ojos se buscaran muchas veces y que palideciera nuestro semblante; mas un solo pasaje fue el que decidió de nosotros. Cuando leimos que la deseada sonrisa de la amada fué interrumpida por el beso del amante, este, que jamás se ha de separar de mí, me besó tembloroso en la boca; el libro y quien lo escribió fué para nosotros otro Galehaut; aquel dia ya no leimos más.

Mientras que un alma decia esto, la otra lloraba de tal modo, que, movido de compasión, yo desfallecía como si me muriera, y caí como cae un cuerpo inanimado.


 
(Tr) La Divina Comedia de Dante Alighieri, con notas de Paolo Costa y traducida al castellano por D. Manuel Aranda y Sanjuan, Barcelona: Imprenta de don Jaime Jepus, 1868.