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Así bajé del círculo primero
hasta el segundo, en que en menor circuito
Más gran dolor aúlla plañidero.
Allí, Minos, horrible, gruñe ahíto;
Examina las culpas a la entrada:
Juzga y manda según reo y delito.
Cuando se acerca el alma malhadada,
Ante su faz, desnuda se confiesa,
pues para él no hay conciencia encapotada,
Cada cuál a su círculo endereza
Y en los repliegues de su cola, escrita
va la sentencia de cada alma aviesa.
Delante de él la multitud se agita;
Habla, escucha, y con soberbio imperio
ordena, y al abismo precipita.
-«¿Qué buscas del dolor en el misterio?»,
Me dijo, y contemplóme de hito en hito,
suspendiendo el severo ministerio.
«¡Guay de quien te fías, y no seas cuito!
¡No te engañe la anchura de la entrada!»
Y mi guía le dijo: -«¿A qué ese grito?
«No le interrumpas su fatal jornada:
Lo quiere así quien todo lo ha podido;
Y no preguntes más: ¡está ordenada!»
Ora comienza el grito dolorido
A resonar en la mansión del llanto,
Y el corazón golpea y el oído.
Era un lugar mudo de luz, en tanto
Que mugía cual mar embravecida
Por encontrados vientos, con espanto.
La borrasca infernal, siempre movida,
Los espíritus lleva en remolino
Y los vuelca y lastima a su caída.
Y en el negro confín del torbellino,
Se oyen hondos sollozos y lamentos,
Que niegan de virtud el don divino.
Eran los condenados a tormentos,
Los pecadores de la carne presa
Que a instintos abajaron pensamientos.
Cual estorninos, que en bandada espesa
En tiempo frío el ala inerte estiran,
Así van ellos en bandada opresa.
De aquí, de allá, de arriba-abajo giran
Sin esperanza de ningún consuelo:
Ni a menos pena ni al descanso aspiran.
Como las grullas que en tendido vuelo
Hienden el aire al son de su cantiga,
Así van en su oscuro desconsuelo.
-«Maestro, exclamé, exhausto de fatiga,
¿Qué sombras son las que en su giro eterno
El aire negro con furor castiga?
-«La primera que ves en este infierno,-
Me dijo, -emperatriz fué de naciones
De muchas lenguas, con poder supremo.
«De la lujuria insana de las pasiones
hizo su ley, para borrar la afrenta
que manchaba sus cínicas acciones:
«La Semíramis fué, de quien se cuenta
Que á Nino sucedió y fué su esposa,
Donde hoy el trono del Soldán se asienta.
«La otra que ves, se suicidó amorosa,
Infiel a las cenizas de Siqueo;
La otra es Cleopatra, reina licenciosa.»
Y á Helena ví, bello y fatal trofeo
De luenga lucha; y víctima de amores,
Al grande Aquiles, hijo de Peleo;
Y á Paris y á Tristán, y de amadores
Las sombras mil, que fueron aflijidas
Al espirar, con crudos sinsabores.
Luego que supe las antiguas vidas
Sentí de la piedad el soplo interno,
Quebrado por tantas sacudidas.
-«Hablar quisiera con lenguaje tierno»,-
Dije, -«á esas sombras que ayuntadas vuelan,
Tan leves como el aire, en este infierno.»
Y díjome: -«Por el amor que anhelan,
Pídeles que se acerquen, y á tu ruego
Vendrán cuando los vientos las impelan.»
Y cuando el viento nos las trajo luego,
Interpelé a las almas doloridas:
-«Venid á mí, y habladme con sosiego.»
Cual dos palomas por amor llevadas
Con ala abierta vuelan hacia el nido,
por una misma voluntad aunadas,
Así del grupo donde estaba Dido
Cruzaron por el aire tormentoso,
Tan simpático fué nuestro pedido.
Y exclamaron: -«¡Oh, sér tan bondadoso,
Que buscas a través del aire impío
Las víctimas de un mundo sanguinoso!
«Si Dios escucha nuestro ruego pío,
Por tu paz rogaremos en buen hora,
Pues que te apiada nuestro mal sombrío.
«Escuchando tu voz consoladora,
Diremos nuestra historia dolorida,
Mientrás el viento calla como ahora.
«Se halla la tierra donde fuí nacida
En la marina donde el Po desciende,
Y su raudal aquieta en su caída.
Amor, que el alma noble pronto enciende,
Prendó al que ves, de mi gentil persona,
Que abandoné al morir, cual aun me ofende.
«Amor que á amar obliga al que es amado.
Me ató a sus brazos con amor tan fuerte,
Que como ves, ni aquí se ha desatado.
«Amor llevónos a la misma muerte.
-En su antro Caín al matador espera.»
Las dos sombras me hablaron de esta suerte.
Al escuchar su voz tan lastimera,
Doblé la frente, y el poeta amado,
-«¿Qué piensas?», preguntó con voz entera
Y respondíle todo atribulado:
«¡Qué deseos, qué dulce pensamiento,
Les trajeron un fin tan malhadado!»
Y volviéndome á ellos al momento,
Díjeles: -«¡Oh, Francisca! tu martirio
Me hace llorar con pío sentimiento!
«Mas díme, ¿cómo en el delirio
El dulce amor avasalló tu acuerdo,
Y deshojó de tu virtud el lirio?»
Y ella: «¡Nada más triste que el recuerdo
De la ventura en medio á la desgracia!
¡Muy bien lo sabe tu maestro cuerdo!
«Pero si tu atención aun no se sacia,
Te contaré, como quien habla y llora,
De nuestro afecto la prístina gracia.
«Leíamos un día, por asueto,
Cómo al amor fué Lanceloto atado,
Solos los dos, y sin ningún secreto.
«Nuestros ojos, durante la lectura
Se encontraron: ¡perdimos los colores,
Y una página fué la desventura!
«Al leer, cual tal amante con ternura,
La anhelada sonrisa besó amante,
Este por siempre unido a mi amargura,
«La boca me besó, toda tremante.
-¡Galeoto fué el autor al libro unido!
-Ese día no leímos adelante»
Mientrás ella me hablaba, dolorido
Lloraba el otro, y ella de concierto;
Y lleno de piedad, desfallecido,
Caí cual se derrumba cuerpo muerto.
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