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El sepulcro de la catedral de Chichester muestra una pareja de nobles esculpidos según las normas heráldicas. Según parece, la pareja sería Richard Fitzalan III, conde de Arundel y Surrey (c. 1306-1375), y su segunda esposa, Eleonor de Lancaster (c. 1311-1372 ). En el poema de Larkin, la descripción del sepulcro abarca las dos primeras estrofas. En la tercera, el observador conjetura qué pasaría por las mentes del matrimonio, para describir la decadencia a continuación. La estrofa final contiene una reflexión personal del poeta que culmina con una frase inquietante: what will survive of us is love. Las estrofas iniciales son más bien objetivas: al percibir que el caballero tiene en una de sus manos la mano de la mujer, la nimiedad del gesto petrificado empieza a adueñarse del poeta, quien, pese a mantener la forma impersonal (one), comprueba que el detalle escultórico suscita a sharp tender shock. Las estrofas conjeturales tienen, en cambio, un tono levemente burlesco: la fidelidad expresada por el gesto de tomarse las manos sería sólo una cuestión de iconografía. En las estrofas siguientes se presenta a los esposos persistentes en el tiempo, ya que no indemnes a él. En la quinta, el poeta habla del grupo escultórico con imágenes que refuerzan el carácter destructivo del tiempo, pero también su impulso renovador. En la sexta, el contraste está dado por los esposos medievales y los nuevos tiempos carentes de blasones. Pero, como en la mascarada urdida por Próspero, todo se disuelve. Si en la estrofa tercera se afirma la fidelidad en efigie, los versos de la última la desbaratan, porque el tiempo ha consumido a los ya anónimos esposos. La fidelidad se ha vuelto ingrávida, insustancial, tal como califica Próspero a sus revelaciones. Leer el último verso de forma desgajada podría conducir a sentimentalizar el poema: parece reconfortante pensar que el amor ha perforado el tiempo. Sin embargo, la aseveración está calificada: es la prueba de que «nuestro casi instinto es casi cierto». Como el humo que flota sobre las efigies de piedra, una nube de incertidumbre se adueña de la reflexión del poeta y también de la del lector.
A nuestro entender, la aproximación de Larkin no es cínica, puesto que la estatua, que no ha podido preservar las identidades de los esposos, ha preservado la noción de lo efímero. La transfiguración operada por el tiempo los ha vuelto «falsedad» sólo porque lo que fueron en vida ya no es más. Inferimos nosotros que la erosión terminará por difuminar el tierno gesto de una mano retenida en la otra, tal como ha sucedido con los rostros. La fidelidad en piedra es un dato frustrante de la fidelidad amorosa. El verso final refleja una duda del poeta, duda que lo lleva a resolver poco satisfacoriamente el problema que lo preocupa, ya que ninguna respuesta puede ser plenamente satisfactoria. Frente a las proclamaciones del tipo exegi monumentum, el poeta reconoce que el amor es víctima del tiempo y, aún así, que hay una suerte de confrontación oblicua en el hecho de que este gesto de los esposos permanezca y simbolice la continuidad del amor post mortem.
La factura del poema tiene características estatuarias en la regularidad de sus versos, que son tetrámetros yámbicos; en la solidez de la estrofa, que es una sextina; y en el entramado de las rimas. Con todo, la estrofa quinta introduce la sensación incómoda de los encabalgamientos, que perturban la rigidez de las estrofas, tal como el tiempo ha erosionado las estatuas. El ritmo se hace más vertiginoso cuando pasamos de la contemplación del grupetto al ir y venir de la gente que visita el sepulcro. Ahí se da otra paradoja: nada es exactamente como se ha previsto y las erosiones pueden ser transmutaciones.
Llama la atención que el restaurador del grupo escultórico en el siglo XIX, Edward Richardson, se encontrara con que a las efigies les faltaban los brazos, lo que ha llevado a preguntarse si no es espuria la postura en la que el conde toma la mano de la condesa. Larkin se toma, además, la descripción con liberalidad:el animal representado a los pies del conde es un león; el único perro es el que sirve de apoyo a los pies de la condesa; el guantelete de la mano izquierda es en realidad el de la derecha. (T)
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Side by side, their faces blurred,
The earl and countess lie in stone,
Their proper habits vaguely shown
As jointed armour, stiffened pleat,
And that faint hint of the absurd
The little dogs under their feet.
Such plainness of the pre-baroque
Hardly involves the eye, until
It meets his left-hand gauntlet, still
Clasped empty in the other hand, and
One sees, with a sharp tender shock,
His hand withdrawn, holding her hand.
They would not think to lie so long.
Such faithfulness in effigy
Was just a detail friends would see:
A sculptors sweet commissioned grace
Thrown off in helping to prolong
The Latin names around the base.
They would not guess how early in
Their supine stationary voyage
The air would change to soundless damage,
Turn the old tenantry away;
How soon succeeding eyes begin
To look, not read. Rigidly they
Persisted, linked, through lengths and breadths
Of time. Snow fell, undated. Light
Each summer thronged the glass. A bright
Litter of birdcalls strewed the same
Bone-riddled ground. And up the paths
The endless altered people came,
Washing at their identity.
Now, helpless in the hollow of
An unarmorial age, a trough
Of smoke in slow suspended skeins
Above their scrap of history,
Only an attitude remains:
Time has transfigured them into
Untruth. The stone fidelity
They hardly meant has come to be
Their final blazon, and to prove
Our almost-instinct almost true:
What will survive of us is love.
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Lado a lado, los rostros borroneados,
yacen en piedra el conde y la condesa.
En propios hábitos muestran vagamente
armadura ensamblada, arruga tiesa,
e indicio del absurdo evanescente,
los dos perritos a sus pies echados.
Semejante llaneza prebarroca
difícilmente el ojo compromete
hasta que al fin descubre un guantelete
vacío en la otra mano asido
y con súbito asombro tierno enfoca
la mano que la de ella ha retenido.
No pensarían yacer tiempo tan largo.
La efigie de lealtad como testigo
era un detalle para los amigos,
y para el escultor un dulce encargo
llamado a prolongarles el enlace
de los nombres latinos en la base.
No se imaginarían cuán ligero
en su supino estacionario viaje
el aire haría un insondable ultraje
quitándoles las viejas propiedades;
cuán rápido los ojos venideros
sólo miran, no leen. En las edades
ellos siguieron rígidos y unidos
por la anchura del tiempo. Cayó nieve
intemporal. La luz, cada verano
rebasó del cristal. Brillante y leve,
un bullicio de pájaros rociaba
el pavimento de huesos retenidos.
Incontable, alterado, un río humano
por todos los senderos se allegaba
desdibujando sus identidades.
Ahora, inermes en el hueco de una
época sin heráldica ninguna,
una artesa de humo que se mece
como madejas, lentamente, invade
por encima los fragmentos de su historia,
y para su memoria
una actitud tan sólo permanece:
el tiempo los ha transfigurado
en no verdad. Y la lealtad que inscribe
la piedra, y que acaso no han deseado,
blasón final se ha vuelto; y un aserto
que nuestro casi instinto es casi cierto:
es el amor lo que nos sobrevive.
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