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Es inútil postularlo como el mejor poeta del siglo. Celan es el de más radical evolución. Radical en todos los sentidos de la palabra: extremo, básico, tajante. Desde La arena de las urnas (Viena, 1948) hasta Estancia del tiempo (Frankfurt, 1976), su poesía traspasa todas las fronteras interiores que se trazó a sí misma: desolación, el giro/signo, los cantos filamentos más allá de los hombres, la compulsión de verdad, su parte de nieve. Llegado aquí el mundo es ya ilegible «Todo es doble» para el poeta, que atravesó el tiempo habitual y sabe entonces que de su fisura, su nieve, su olvido radical y profundo, ronco de amarga memoria, surge lo nuevo de sí mismo, como un cristal por su impresión tallado, imperecedero. La duplicidad del mundo, su falsedad social, es el blanco al que Celan atina con «la persistencia en lo natural», lo que queda de vida en un mundo que cosifica y aliena a todo el que se opone a su engranaje. Esa vida, él la requiere aún como un cerco del tiempo, lo que tal mundo niega por sistema y por crueldad: el aliento de criatura. Lo demás es perverso. Prostituido si no. Nuestra trascendencia es ya una torre de Babel construida de seca sangre. Sólo una escritura que pueda alejarse de sí misma, es decir, sirgar los falsos meandros de su propia fe, puede mantener aún la visión que surge de lo oscuro. Gallardete desgarrado, el poema elimina tierras y mares como garantía de su soledad. Sólo nombre indeterminado que porta una cifra sólo, el tú innumerable, se sobrepasa a sí mismo en ese signo otro. En él, hoja sin árbol, forma irrepetible, presencia singular, el poeta convoca los contrarios, los libera de su muerte identificadora: el hacha florece, el pan mira y sana al ahorcado, en ese lugar innombrable, que evoca el poema, aún es la vida el único refugio. Desbrozadas, deslizadas como últimos sueños, las sombras de las palabras, esperan, ubicadas, el viento ascendente, lectura que enarble su parte de nieve.
Esa parte, luz de lo oscuro, habla en el mundo tartamudeante tan sólo como huésped, menos aún, tan sólo como nombre, un alguien que al descender en el tiempo, al brillar en su muro, se eleva en su ángulo de incidencia, en su herida existencial. Lo que se opone al mundo no es otra cosa que la marca en lo humano de su negatividad. Celan lleva al sujeto del poema, el yo distante y reflejado, el tú dialogante y personal, a la expresión de esa marca en el lenguaje: el poema es a la vez honda de tiniebla y piedra qe ha de bajar la luz de la alta tarde, el sobremás de una existencia necesitada de descenso, como una fugaz estrella que sólo fulge al caer. Sólo en ese orden de la noche recupera el lenguaje, encuentra el poema, su posible dirección, más allá de su inmediato significado, más acá del significante de su mediación. Allí donde como un tartamudo con chinas blancas, delante de una carpa de locos, comienza el nuevo diálogo sin canto y sin obligación. Libre y liberado, también de la libertad de los significados. Mascando, marcando, con dientes de escritura el pan del conversar con lo olvidado, por las palabras, en las palabras, esos callejones, hasta ahora sin salida, donde se esconde el verdadero interlocutor: ése que sabe no de temas situados, o temas importantes, sino de sus significaciones expatriadas. Las que escapan a los crímenes de todos los tiempos, como hojas sin árbol. (T)
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