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La pintura de los antiguos constituye una de tantas víctimas -lamentables, pero siempre lamentadas- del naufragio de los tiempos; prácticamente, sólo han pervivido unos cuantos frescos romanos, misteriosos y evocadores; algunas copias en mosaico, a menudo deterioradas, además; y una maravillosa arte menor: la cerámica. A fortiori, pues, hablar de la relación entre pintura y literatura en la Antigüedad constituye un tema imposible, intratable. A pesar de todo, con frecuencia se ha emprendido la tarea desesperada de hacer hablar unos textos demasiado ambiguos y siempre insuficientes: es lo que hizo, mejor que nadie, Adolphe Reinach en sus Textes grecs et latins relatifs à l'histoire de la peinture ancienne, publicados póstumamente en 1921 por su tío, el célebre Salomon Reinach -puesto que el sobrino había caído en los primeros combates de la Gran Guerra. (El ejemplar que tengo delante es una reproducción facsímil, París: Éditions Macula, 1985.) El pasaje de Jenofonte que presento en traducciones de Carles Riba (catalana) y de García Bacca (castellana) constituye su texto 261 (pp. 220-223). Quien desee encontrarlo comentado -de una manera admirable, y en absoluto pedante-, puede acudir a un breve ensayo del ilustre Alfonso Reyes: «Parrasio o la pintura moral», incluido en Junta de sombras (Obra completa, volumen XVII, pp. 382-397).
Muy ocasionalmente, también los arqueólogos enriquecen con un algún hallazgo afortunado el magro caudal de nuestros conocimientos. Es lo que ocurrió a finales de los años setenta, cuando un profesor de Tesalónica, M. Andronikos, excavó el emplazamiento de Toumba, junto al pueblecito de Vergina (la antigua Aigai), y encontró la necrópolis real de los soberanos de Macedonia -y en ella, muy posiblemente, la tumba de Filipo II, el padre de Alejandro Magno, y la de un hijo de éste y Roxana, asesinado de niño. (Estas identificaciones, harto probables, no han obtenido aún un consenso unánime.) En la pared de otra tumba, despojada ya en la Antigüedad de su ajuar de oro por los gálatas, aparecieron los magníficos frescos que reproducimos parcialmente aquí. Representan un episodio mitológico famoso: el rapto de Perséfone por el dios de los muertos, Hades (el Plutón de los romanos), una escena muy corriente en la iconografía funeraria. Un simple vistazo a la torturada emotividad de los rostros basta para comprender, creo, por qué he escogido el texto de Jenofonte para introducir la escena. Ésta ya había sido cantada, muchos siglos antes, por uno de los grandes textos de la poesía griega arcaica: el Himno homérico a Deméter. Ante la imposibilidad de presentarlo íntegro -tiene 495 versos-, he escogido, para ilustrar el episodio del Rapto, pasajes de dos traducciones ilustres: la que hizo, a principios del siglo pasado, el gran poeta catalán Joan Maragall, a partir de una versión en prosa de Pere Bosch i Gimpera, y la castellana de Luis Segalá y Estalella. Segalá fue durante muchos años catedrático de Griego en la Universidad de Barcelona -de hecho, lo seguía siendo en 1938, durante la Guerra Civil, cuando encontró una trágica muerte durante un bombardeo de los nacionales.
Los versos del Himno son de una austeridad verdaderamente arcaica que contrasta con el movimiento exasperado, la expresividad torturada del fresco. Quisiera creer que algo de ello se refleja, aún, a través de tantas mediaciones.
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