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Si en alguna ocasión conversaba con artistas que vivían de su trabajo érales también útil.
Sócrates entró un día en el taller de Parrasio(1) y tuvo con él la conversación siguiente: «Dime, Parrasio, no es la pintura una imitación de los objetos visibles? ¿No imitáis vosotros mediante colores los entrantes y salientes, lo claro y lo oscuro, lo duro y lo suave, lo áspero y lo pulido, juventud y decrepitud?» «Verdad dices», contestó Parrasio. «Y cuando queráis representar formas perfectamente bellas, puesto que no es fácil hallar un hombre sin imperfección, ¿no juntáis de muchos lo más bello de cada uno y componéis así cuerpos totalmente bellos?» «Tal es lo que hacemos», contestó. «Pero, ¿no imitáis lo que de más atrayente hay, lo más delicado, amable, deseable, seductor, que es el carácter del alma? O ¿es que no es imitable?» «Pero, Sócrates, ¿cómo sería imitable, dijo, si no tiene simetría ni color ni nada de lo que tú acabas de decir, si en una palabra, no es visible?» «Pues, ¿no sucede que en los hombres expresen las miradas a veces afecto y otras odio? «Me parece que sí», contestó. «Y ¿no resulta esto imitable en los ojos?» «Indudablemente», dijo. «Y ¿piensas que las tristezas y alegrías por los amigos producen en el resto de los hombres la misma expresión cuando se preocupan de ellas o cuando les son indiferentes?» «No, ¡por Júpiter!, contestó, que en la felicidad de los amigos sáleles al rostro la alegría, y en sus desgracias la tristeza.» «¿Así que es posible representar tales sentimientos?» «Perfectamente», contestó. «Y lo mismo habrá que decir respecto de la magnanimidad, independencia, humildad, bajeza, temperancia, sensatez, insolencia, grosería; porque todos estos sentimientos se reflejan en sus rostros y actitudes cuando están en reposo o en movimiento.» «Dices verdad», contestó. «¿Serán, pues, imitables?» «De acuerdo», dijo. «Y ¿qué crees tú sea lo más placentero de ver: hombres cuyas apariencias manifiestan sentimientos bellos, honestos, amables, o aquellos otros que dejen ver los vergonzosos, perversos y odiosos?» «¡Por Júpiter!, grande es la diferencia de unos a otros, Sócrates.»
Entró un día a ver a Clitón(2) el estatuario, y dialogando con él le dijo: «Clitón, ¡que hermosas estatuas de corredores, luchadores, púgiles y pancratiatas estás haciendo! Las veo con mis ojos y las veo con mi mente. Pero lo que más lleva tras sí las almas de los hombres, que es hacer trasparecer la vida, ¿cómo lo haces en las estatuas?».
Y como Clitón, desconcertado, no supiese qué responder, le dijo: «¿No es precisamente imitando vivientes como haces que las estatuas parezcan vivientes?» «Por cierto que sí», contestó. «Y así como a las diferentes actitudes que toma nuestro cuerpo ponen en juego diversos músculos, estirándose a veces, encogiéndose otras, tendiéndose o relajándose: ¿no es precisamente imitando estos efectos como tú das a tus obras mayores semejanzas con la verdad y más convincentes apariencias?» «Precisamente así», contestó. «Y ¿no es esta exacta reproducción de sentimientos corporales la que produce en los espectadores un cierto placer?» «Posiblemente», dijo. «¿Así pues, será preciso que los ojos de los combatientes expresen amenaza, y habrá que imitar la triunfal expresión de los vencedores?» «Ciertamente», contestó. «Es, pues, preciso que el escultor exprese e imite todas las obras del alma en sus figuraciones.»
Notas del traductor
(1) Parrasio de Éfeso, hijo y discípulo del pintor Evenor, contemporáneo de Zeuxis de Heraclea, estuvo en Atenas durante la guerra del Peloponeso.
(2) Nada en concreto se sabe de Clitón y de Pistias fuera de lo que aquí se dice.
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