Traducción de Francesca Mestre
 

A LA ESTATUA DE UNA BACANTE (DESCRIPCIONES, 2)
(1) No sólo son los poetas y los prosistas quienes, con su arte, reciben sobre sus lenguas la inspiración divina, son también las manos de los artistas, cuando son agraciadas por los dones del soplo divino; hacen de sus obras profecías de posesión y de completa locura. Escopas mismo, movido por algún tipo de inspiración, trasladó el transporte divino al arte de la escultura. ¿Por qué no narraros desde el principio la divina fuerza de su arte?

(2) Era la estatua de una bacante que, hecha con mármol de Paros, fue transformada en una bacante de verdad. La piedra, aun reteniendo su propia textura, parecía ir más allá de las leyes que rigen a las piedras: pues era en realidad una imagen pero el arte había confundido la representación con la realidad. Podías ver que, aun siendo sólida, se suavizaba al dar semejanza de lo femenino, y su vigor, tensando lo femenino, aun siendo incapaz de movimiento, sabía llevar a cabo una danza báquica y sentir en su interior la llamada del dios.

(3) Al mirar su rostro, nos quedábamos mudos: hasta tal punto su capacidad sensitiva era evidente, aun sin tenerla; la Bacante, llena de posesión báquica, manifestaba la presencia del dios sin que ésta golpeara de verdad, y llevaba cuantos signos del aguijoneo de la locura se dan; su alma resplandecía experimentando la posesión de una manera tan fuerte, como para probar que la fuerza del arte no puede expresarse con palabras. El pelo se movía, agitado con brío por el Céfiro, dividido en hermosos bucles y, ciertamente, esto es lo que más conmueve nuestro pensamiento: que, aun siendo piedra, convenza de la suavidad de sus bucles y haga asentir a cómo se han imitado sus rizos; y, desnuda detoda vida, tenga, aun así, consistencia de vida.

(4) Dirías, sin duda, que el arte tiene su origen en la capacidad de vida de la naturaleza: de este modo, consideras lo que ves increíble y lo que no ves, creíble. Pues no, al contrario, también las manos parecían activas -no es que agitaran el tirso báquico, sino que llevaban una víctima como gritando el grito évico, signo de una locura aún más cruel. Se trataba de una cabritilla, cuya representación denotaba un color de piel extremadamente pálido, ya que la piedra plasmaba la textura de la carne muerta; el material, aun siendo siempre el mismo, unas veces imitaba la muerte y otras la vida, ora tomando el soplo de la vida como si saltara por el Citerón, ora adoptando la muerte por efecto el aguijón báquico y perdiendo la capacidad de los sentidos.

(5) Así, Escopas, escultor de figuras sin vida, era un artesano de la realidad y operaba prodigios en cuerpos de materia inanimada; mientras que a Demóstenes, que modelaba imágenes con palabras, poco le faltó para mostrar de forma visible las formas creadas por las palabras, a base de mezclar las recetas de su arte con los productos de la mente y la inteligencia. Reconoceréis enseguida que esta estatua expuesta para su contemplación no está en absoluto privada del movimiento que le es propio, sino que es dueña de sí misma al tiempo que, con su estilo, salva a su creador.
 
 
 
(Tr) CALÍSTRATO, Descripciones, traducción de Francesca Mestre, Madrid: Gredos, Biblioteca Clásica, 1996.