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(1) Había un bosque y, en él, una hermosísima fuente de agua muy pura y cristalina; a su lado se alzaba Narciso, esculpido en mármol. Era un niño, mejor, un joven, de la misma edad que las estatuas de Eros. Su belleza irradiaba como una especie de fulgor que emergía del cuerpo. Ésta era su apariencia: la frente estaba iluminada por una cabellera dorada que, con sus rizos, formaba ondas, el cuello ligeramente inclinado hacia la espalda; su mirada sin embargo no reflejaba una alegría sin mancha ni una felicidad pura: por efecto del arte, la pena anidaba en sus ojos, porque la estatua quería ser representación no sólo de Narciso sino también de su destino.
(2)Iba vestido como suelen los Amores; incluso se parecía a ellos por la frescura de la edad. La vestimenta era como sigue: un manto blanco, del mismo color que el mármol de su cuerpo, lo envolvía, atado por un cierre en el hombro derecho, y le descendía hasta la rodilla, donde terminaba, y dejaba sólo la mano al descubierto. ¡Qué delicadeza en la realización de este peplo!, incluso dejaba percibir el brillo de la piel, pues la blancura del manto permitía separarla del resplandor de los muslos.
(3) Allí estaba, usando la fuente como espejo y vertiendo en ella la belleza de su rostro, mientras la fuente que recibía de él los rasgos de su cara representaba su imagen, de modo que daba la impresión de que las dos naturalezas competían la una con la otra. Pues, mientras toda la pieza de mármol se había convertido en la realidad del muchacho, la fuente competía con ella para devolverle los artilugios del arte usados por el mármol, fabricando ella misma, en un cuerpo incorpóreo, la semejanza del cuerpo del modelo, aplicando a la naturaleza del agua el reflejo de la estatua proyectado en ella como si fuera de carne y hueso.
(4) Hasta tal punto tenía vida y energía la imagen del agua, que parecía el propio Narciso, quien yendo un día a la fuente, al observar su cara en el agua, murió, según cuenta la leyenda, junto a las Ninfas, porque quiso abrazar su imagen; ahora, convertido en flor, puede verse en los prados en primavera. Habrás visto, sin duda, que, aun siendo el mármol de un solo color, se adaptó a la expresión de los ojos, conservó el aspecto de su carácter, mostró la percepción de sus sentidos, describió sus emociones y, separando las ondulaciones de sus mechones, consiguió reproducir la abundancia de su cabello.
(5) No se puede describir con palabras cómo el mármol consigue reproducir la flexibilidad y crear un cuerpo totalmente contrario a su materialidad; pues, aunque resulta ser de una naturaleza muy dura, proyecta una sensación de blandura, y se disuelve en la tierna masa de un cuerpo. Lleva en las manos una siringo, con la que veneraba a las divinidades pastoriles, y dominaría la soledad con melodías si deseara acompañarla con otros instrumentos de cuerda. Yo que admiro este Narciso, muchachos, he realizado también uno para vosotros para depositarlo en la morada de las Musas. [Tiene mi descripción lo que tenía también la estatua.]*
Nota de la traductora
(*) Referencia interna al discurso literario: esta descripción de la estatua de Narciso es equivalente a otra representación, en palabras, del mismo personaje. |
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