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(1) Vi a la muy renombrada Medea en la tierra de los macedonios. Era de mármol y revelaba el aspecto de su alma, habiéndose esforzado el arte en introducir en ella todo lo consubstancial a un alma: denotaba pensamiento, mostraba la pasión y la imagen llevaba consigo la tensión del dolor; en una palabra, lo que se veía era una perfecta explicación de su propio drama.
(2) El pensamiento, más allá de las acciones, mostraba la voluntad de esta mujer; la pasión, reflejada en el impulso de su ira, excitaba su naturaleza a la acción, conduciendo su impulso hacia el crimen, mientras su dolor indicaba compasión por sus hijos, y ese dolor arrastraba a la piedra a plasmar, sin violencia, la expresión natural de una madre apasionada. La imagen no tenía nada de inflexible o brutal, pero era capaz de distinguir entre las muestras de pasión y de dulzura y los impulsos naturales de las mujeres. Pues era perfectamente verosímil que, después de la ira y habiendo purificado su pasión, se inclinara hacia el lamento y que, habiendo llegado el alma a comprender el mal realizado, se lamentara.
(3) Estos sentimientos, la imagen los representaba junto con el cuerpo y se podía ver cómo el mármol ora llevaba pasión a los ojos, ora una mirada sombría y suavemente bañada en la tristeza, exactamente igual que si el artista hubiera moldeado una imitación del impresionante drama de Eurípides, donde Medea no sólo toma una decisión, sino que lo hace a plena conciencia movilizando su inteligencia, y, por lo que toca a su ánimo, transforma su ser en salvaje, descartando las leyes establecidas por la naturaleza sobre el amor materno para con sus hijos, y, junto a la impía matanza se obstina en pronunciar las palabras propias de una madre hablando a sus niños.
(4) Llevaba una espada en la mano, dispuesta a servir con ella a su pasión, apresurada por mancharse con el crimen, con la cabellera descuidada indicando su desvarío, y con un vestido de luto, que armoniza con su alma. |
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