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Cervatillos, liebres: éstas son las piezas de caza de este Aquiles, el mismo que en Troya habrá de tomar ciudades, caballos e hileras de hombres; los ríos combatirán con él por impedirles fluir; como pago de tales hechos se llevará a Briseida y a siete muchachas de Lesbos, así como oro, trípodes y el destino de los aqueos. Aquí, en cambio, está en casa de Quirón y parece que sus recompensas son manzanas y miel. ¡Ay, Aquiles, cómo te gustan los regalos pequeños, tú que después habrás de despreciar ciudades enteras y una boda con una hija de Agamenón! Tú que, en la trinchera, dominas a troyanos sólo con la voz, tú que matas a diestro y siniestro y enrojeces las aguas del Escamandro, tú y tus caballos inmortales, tú que arrastras el cadáver de Héctor y también tú que ruges de dolor sobre el pecho de Patroclo; así es como fuiste descrito por Homero que te hace cantar y rezar y compartir techo con Príamo.
Este Aquiles, no obstante, todavía no consciente de su valor, es aún un niño que crece bebiendo leche, médula y miel: éste es el que se ha ofrecido al arte del pintor, ese niño al que Quirón cría, tierno, arrogante y ya ligero de pies. Un niño con piernas rectas, unas manos que le llegan a las rodillas —preparadas ya para ser excelentes en la carrera—, cabellera suave y suelta —parece que el Céfiro, jugando, la despeina pues se posa ora aquí, ora allá, y se diría cada vez que se trata de otro muchacho: unas veces el muchacho es arrogante, con la frente despejada, otras se suaviza con una mirada ingenua, con unas mejillas graciosas que le confieren una dulce sonrisa—. La clámide que lo cubre debe de habérsela regalado su madre, creo, ya que es hermosa, color púrpura, con tornasoles rojos y azules.
Quirón lo excita, alabándole, a que como un león capture liebres y a que siga la pista de los cervatillos; justamente ahora acaba de capturar un cervatillo y se acerca a Quirón para reclamar su premio. Quirón, satisfecho de que se lo pida, está al lado del muchacho, con las patas traseras replegadas para estar a su misma altura y le ofrece manzanas que lleva en el pliegue de su manto, hermosas y fragantes —pues también la fragancia parece estar pintada en el cuadro—; y, con la mano, le ofrece también un panal de cera que va destilando gotas de miel, obra de la sabiduría de las abejas. Pues cuando las abejas encuentran buenos prados se hacen fecunda, llenan de cera los panales y todas sus celdillas rezuman miel.
Quirón está representado exactamente como un Centauro. En realidad pintar, una junto a la otra, la parte caballo y la parte humana no tiene nada de particular, pero ensamblarlas y unirlas en una sola, y, por Zeus, de ambas, hacer que una termine y la otra empiece, consiguiendo que tal operación escape a la vista, por más que alguien quisiera adivinar el punto de ensamblaje, eso sí es, creo, digno de un buen artista. Asimismo, en el porte de Quirón, se ha trabajado una mirada que muestre el sentido de la justicia y la prudencia que ha adquirido gracias a ella; la lira también juega su parte ya que por ella ha adquirido cultura. Ahora mismo se ve también algo dulce en su semblante, sin duda porque Quirón sabe que esto tranquiliza a los niños y les da más alimento que la leche.
Aquí vemos una escena a las puertas de la guarida: el chico está en el prado, y el que monta a lomos de un Centauro, jugando, es aún el mismo chico. Es Quirón quien enseña a Aquiles a montar y, para ello, deja que se sirva de él como si fuera un caballo, aunque poniendo mesura a la carrera para favorecer el aprendizaje del muchacho; Quirón hace un giro y sonríe mientras el chico no para de reír de contento. Entonces Quirón le dice solamente: «mira cómo galopo sin necesidad de bridas, mira cómo me animo yo solo en tu honor. El caballo es un animal fogoso y rechaza la risa. Has aprendido a montar conmigo con poco peligro, divino muchacho, y sobre un caballo como yo, pero un día montarás sobre Janto y Balio, y tomarás muchas ciudades, y matarás a muchos hombres, tú corriendo simplemente y ellos huyendo de ti». Este hermoso y favorable presagio le hace Quirón al muchacho, bien diferente al que le hace Janto.*
Nota de la traductora
(*) Cf. Ilíada XIX, 408ss.: Janto vaticina a Aquiles su muerte. |
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