Traducción de Francesca Mestre
 
   
ΕΡΜΟΥ ΓΟΝΑΙ

     ῾Ο κομιδῇ παῖς ὁ ἔτι ἐν σπαργάνοις, ὁ τὰς βοῦς εἰς τὸ ῥῆγμα τῆς γῆς ἐλαύνων, ἔτι κἀκεῖνος ὁ συλῶν τὰ βέλη τοῦ ᾿Απόλλωνος ῾Ερμῆς οὗτος. μάλα ἡδεῖαι αἱ κλοπαὶ τοῦ θεοῦ· φασὶ γὰρ τὸν ῾Ερμῆν, ὅτε τῇ Μαίᾳ ἐγένετο, ἐρᾶν τοῦ κλέπτειν καὶ εἰδέναι  τοῦτο οὔτι πω ταῦτα πενίᾳ δρῶν ὁ θεός, ἀλλ' εὐφροσύνῃ διδοὺς καὶ παίζων. εἰ δὲ βούλει καὶ ἴχνος αὐτοῦ κατιδεῖν, ὅρα τὰ ἐν τῇ γραφῇ. τίκτεται μὲν ἐν κορυφαῖς τοῦ ᾿Ολύμπου, κατ' αὐτὸ ἄνω τὸ ἕδος τῶν θεῶν. ἐκεῖ δὲ ῞Ομηρος οὔτε ὄμβρων αἰσθάνεσθαί φησιν οὔτε ἀνέμων ἀκούειν, ἀλλ' οὐδὲ χιόνι βληθῆναί ποτε αὐτὸ δι' ὑπερβολήν, εἶναι δὲ θεῖον ἀτεχνῶς καὶ ἐλεύθερον ἁπάντων παθῶν, ὧν μετέχει τὰ τῶν ἀνθρώπων ὄρη. ἐνταῦθα τὸν ῾Ερμῆν ἀποτεχθέντα ῟Ωραι κομίζονται. γέγραφε κἀκείνας, ὡς ὥρα ἑκάστης, καὶ σπαργάνοις αὐτὸν ἀμπίσχουσιν ἐπιπάττουσαι τὰ κάλλιστα τῶν ἀνθέων, ὡς μὴ ἀσήμων τύχῃ τῶν σπαργάνων. καὶ αἱ μὲν ἐπὶ τὴν μητέρα τοῦ ῾Ερμοῦ τρέπονται λεχὼ κειμένην, ὁ δ' ὑπεκδὺς τῶν σπαργάνων ἤδη βαδίζει καὶ τοῦ ᾿Ολύμπου κάτεισι. γέγηθε δὲ αὐτῷ τὸ ὄρος–τὸ γὰρ μειδίαμα αὐτοῦ οἷον ἀνθρώπου–νόει δὲ τὸν ῎Ολυμπον χαίροντα, ὅτι ὁ ῾Ερμῆς ἐκεῖ ἐγένετο. τίς οὖν ἡ κλοπή; βοῦς νεμομένας ἐν τῷ τοῦ ᾿Ολύμπου πρόποδι, ταύτας δήπου τὰς χρυσόκερως καὶ ὑπὲρ χιόνα λευκάς–ἀνεῖνται γὰρ τῷ ᾿Απόλλωνι–ἄγει στροβῶν εἰς χάσμα τῆς γῆς, οὐχ ὡς ἀπόλοιντο, ἀλλ' ὡς ἀφανισθεῖεν εἰς μίαν ἡμέραν, ἔστ' ἂν τὸν ᾿Απόλλω δάκῃ τοῦτο, καὶ ὡς οὐδὲν μετὸν αὐτῷ τοῦ γεγονότος ὑποδύεται τὰ σπάργανα. ἥκει καὶ ὁ ᾿Απόλλων παρὰ τὴν Μαῖαν ἀπαιτῶν τὰς βοῦς, ἡ δὲ ἀπιστεῖ καὶ ληρεῖν οἴεται τὸν  θεόν. βούλει μαθεῖν ὅ τι καὶ λέγει; δοκεῖ γάρ μοι μὴ φωνῆς μόνον, ἀλλὰ καὶ λόγου τι ἐπιδηλοῦν τῷ προσώπῳ· ἔοικεν ὡς μέλλων πρὸς τὴν Μαῖαν λέγειν ταῦτα· ἀδικεῖ με ὁ σὸς υἱός, ὃν χθὲς ἔτεκες· τὰς γὰρ βοῦς, αἷς ἔχαιρον, ἐμβέβληκεν ἐς τὴν γῆν, οὐκ οἶδ' ὅποι τῆς γῆς. ἀπολεῖται δὴ καὶ ἐμβεβλήσεται κατωτέρω πρὸ τῶν βοῶν. ἡ δὲ θαυμάζει καὶ οὐ προσδέχεται τὸν λόγον. ἔτ' αὐτῶν ἀντιλεγόντων ἀλλήλοις ὁ ῾Ερμῆς ἵσταται κατόπιν τοῦ ᾿Απόλλωνος καὶ κούφως ἐπιπηδήσας τοῖς μεταφρένοις ἀψοφητὶ λύει τὰ τόξα καὶ συλῶν μὲν διέλαθεν, οὐ μὴν ἠγνοήθη σεσυληκώς. ἐνταῦθα ἡ σοφία τοῦ ζωγράφου· διαχεῖ γὰρ τὸν ᾿Απόλλω καὶ ποιεῖ χαίροντα. μεμέτρηται δὲ ὁ γέλως οἷος ἐφιζάνων τῷ προσώπῳ θυμὸν ἐκνικώσης ἡδονῆς.
 
 
NACIMIENTO DE HERMES (DESCRIPCIONES DE CUADROS, 1.26)
 
Este recién nacido que aún está en pañales es el que conduce las vacas hacia una hendidura de la tierra y también aquél que robó las flechas de Apolo: he aquí a Hermes. ¡Qué maravillosos son los hurtos de este dios! En efecto, se dice de Hermes que así como lo parió Maya ya tenía afición a robar y que sabía mucho, pero no es que el dios lo hiciera empujado por la pobreza, sino para divertirse y para jugar. Si lo deseas, puedes seguir sus andanzas paso a paso: mira el cuadro. Nace en la cima del Olimpo, ahí arriba, donde habitan los dioses. Dice Homero que en este lugar no se siente ni la lluvia ni se oye el viento, nunca la nieve se posa en él aun siendo una cima muy elevada, pero es absolutamente divino y libre de las calamidades que azotan las montañas de los humanos.

Allí es donde las Horas cuidan de Hermes recién nacido. También las Horas están representadas, cada una según su estación, envolviendo a Hermes en sus pañales y esparciendo sobre él las más bellas flores, no sea que esos pañales resulten insignificantes. También se inclinan sobre la madre de Hermes que yace en su lecho. Pero él, deshaciéndose de los pañales, se pone ya a andar y se aleja del Olimpo. El monte se alegra con su presencia —se ve su sonrisa, como la de un humano— y date cuenta de que el Olimpo está contento porque Hermes acaba de nacer allí.

Y lo del robo, ¿cómo fue, pues? Se lleva unas vacas que pacían al pie del Olimpo, maravillosas vacas de cuernos dorados y más blancas que la nieve —puesto que están consagradas a Apolo— y, haciéndolas girar en torbellino, las mete en un abismo de la tierra no para matarlas, sino con la idea de esconderlas durante un día, lo justo para molestar a Apolo; así que, como quien no quiere la cosa, hecho esto, vuelve a envolverse en sus pañales. Llega Apolo y reclama las vacas a Maya, la cual no cree nada de lo que le dice el dios pues piensa que desvaría.

¿Quieres saber también lo que le está diciendo? Me parece que es evidente que no sólo pega voces sino que también le está haciendo un discurso, como muestra su rostro. Se diría que va a dirigirse a Maya con estas palabras: «Tu hijo, el que pariste ayer, me ha ofendido, pues las vacas con las que me deleito me las ha metido dentro de la tierra y yo no sé en qué lugar de la tierra. ¡Así se muera y se hunda en la tierra, en un lugar más profundo que mis vacas!» Ella está sorprendida y no entiende el tono de estas palabras.

Pero mientras ellos dos se interpelan el uno al otro, Hermes se ha levantado y colocado detrás de Apolo; con un ágil salto, se posa en su espalda, sin hacer el menor ruido, y le desata el arco y las flechas sin que el otro se dé cuenta; pero, en esta ocasión, no hay duda de que no se los lleva sin ser visto. Y es ahí donde radica la sabiduría del cuadro: representa a Apolo incapaz de mantener su enfado y con semblante alegre. Su sonrisa, no obstante, es mesurada como si la ira siguiera en su rostro pero después de haberla vencido el placer.
 
 
   
(Tr) FILÓSTRATO, Descripciones de cuadros, traducción de Francesca Mestre, Madrid: Gredos, Biblioteca Clásica, 1996.