Traducción de Juan José del Solar

Y recalé en los cuadros de Brueghel. Mi primer contacto con ellos no se produjo allí donde se encuentran las verdaderas joyas: el Kuntshistorisches Museum de Viena. Entre las clases de los Institutos de Física y Química solía hacer breves visitas al palacio de Liechtenstein. Desde la Boltzmanngasse bajaba a grandes trancos la Strudlhofstiege y llegaba enseguida a la maravillosa galería que ahora ya no existe y en la cual vi mis primeros Brueghels. Poco me importaba que fueran copias —quisiera ver al impertérrito, al hombre sin nervios ni sentidos que, confrontado de pronto con estos cuadros, se atreva a preguntar: ¿son copias u originales? Por mí hubieran podido ser copias de copias de copias, poco me habría importado, pues eran La parábola de los ciegos y El triunfo de la muerte. Todos los ciegos que he visto después provienen del primero de estos cuadros.

La idea de la ceguera empezó a perseguirme desde que, en mi primera infancia, un sarampión me hizo perder la vista durante varios días. Y un buen día descubrí a esos ciegos que avanzan en una fila oblicua unidos entre sí por bastones o cogidos del hombro. El primero de ellos, que es también el guía, yace ya en la zanja de agua; el segundo, a punto de seguirlo en su caída, vuelve hacia el espectador toda la cara: las cuencas vacías y la boca, que, abierta por el miedo, deja los dientes al descubierto. La distancia que lo separa del tercero es mayor que la que existe entre los otros: ambos se aferran todavía al bastón que los une, pero el tercero ha sentido el tirón, un movimiento inseguro, y, vacilando ligeramente, se ha puesto de puntillas; su cara, que se ve de perfil —sólo uno de los ojos ciegos—, no trasluce miedo, sino que esboza una pregunta, mientras que, detrás, el cuarto, rebosante aún de confianza, tiene la mano apoyada en su hombro y la cara mirando al cielo. Su boca, muy abierta, parece esperar de las alturas algo que a sus ojos les está vedado. No comparte con nadie el largo bastón que lleva en la derecha y en el cual no se apoya. Es el más creyente de los seis, lleno de esperanzas hasta en el rojo de sus medias calzas; detrás de él avanzan, resignados, los dos últimos, cada cual satélite del que tiene delante. También llevan la boca abierta, aunque menos; son los más alejados de la zanja, no esperan ni temen nada ni tienen pregunta alguna. Si los ojos ciegos no tuvieran tanta relevancia, habría algo que decir sobre los dedos de los seis, que aferran y palpan de manera distinta a como lo hacen los de la gente que ve, y también sobre sus pies, que tantean de otro modo el suelo.

Este cuadro solo hubiera bastado para toda una galería, pero de pronto —y aún ahora me parece sentir la impresión que me causó— tuve ante mí El triunfo de la muerte. Centenares de muertos, esqueletos activísimos, se afanan para arrebatar hacia sus filas a otros tantos vivos. Son personajes de todo tipo, reconocibles por su posición social, que, de forma masiva o individual, se agitan frenéticamente: su energía supera con creces la de los vivos con los cuales se ensañan. Sabemos que aunque todavía no han logrado su objetivo, lo conseguirán. Nos ponemos de parte de los vivos, cuya resistencia quisiéramos reforzar, pero nos confunde el hecho de que los muertos parezcan más vivos que ellos. La vitalidad de esos muertos, si queremos llamarla así, tiene un único sentido: arrastrar a los vivos a su propio campo; no se dispersan ni acometen nada más, todos persiguen ese único objetivo. Los vivos, en cambio, se aferran a su existencia de múltiples maneras. Todos son activos, ninguno se rinde, en este cuadro no he encontrado un solo ser humano cansado de la vida, esa vida que todos se niegan a entregar voluntariamente y que hay que arrebatarles a la fuerza. Transformada de mil maneras, la energía de esta resistencia pasó a integrarse en mí, y muchas veces he tenido la impresión de ser yo mismo toda aquella gente que oponía resistencia a la muerte.

Comprendí que, por ambas partes, se trataba de masas, y que, por mucho que el individuo sienta su propia muerte solo, lo mismo vale para cualquier individuo, y por eso hay que pensar en todos ellos juntos.
 
(Tr) Elias CANETTI, La antorcha al oído, traducción de Juan del Solar, Barcelona: Muchnik Editores, 1982. Versión revisada por el traductor para su publicación en Saltana.