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Traducción de Anne-Hélène Suárez Tantos claros cuadros irisados, aquí, exactos, espontáneos, ellos pueden esperar con la sonrisa futura, consentirán que como título del catálogo que los presenta, un Nombre, antes de decidir acerca de su calidad, pronunciado para sí mismo o el encanto extraordinario con que fue llevado, evoque una figura de casta, en la vida y de personal elegancia extremas. París la conoció poco, tan suya, por linaje e invención en el garbo, salvo en encuentros como éste, fastos, las exposiciones normalmente de Monet y de Renoir, en alguna parte donde estuviera un Degas, delante de Puvis de Chavannes o de Whistler, algunos invitados del ilustre salón, al atardecer; por la mañana, taller muy discreto, cuyos entrepaños Imperio encajaron lienzos de Édouard Manet. Cuando, a su vez, la dama pintaba allí, con furia e indolencia, durante años, conservando la monotonía y, desprendiendo a profusión un frescor de ideas, hay que decir -siempre- salvo esas recepciones en la intimidad en que, relegado el material de trabajo, el arte mismo estaba lejos aunque inmediato en una conversación igual al decorado, ennoblecido por el grupo; pues un Salón impone, sobre todo, con unos cuantos asiduos, por la ausencia de otros, la estancia, entonces, explica su elevación y confiere, de altivos techos, la superioridad a la guardiana, ahí, del espacio tan, como era, enigmática de parecer cordial y burlona o acogiendo según la mirada escrutadora alzada de la espera, distinguida, sobre algún mueble bajo, el fervor. Prudencia en algunos de traer una bonhomía, sin brillo, un poco como comparsas que saben, en este paso, enrarecido por la amistad y lo bello, que algo, extraño, flota, que han venido para indicar con su escaso número, la lujosa, sin pensar siquiera en ella, exclusión de todo lo exterior. Esta particularidad de una gran artista que, tampoco, como dueña de casa, poseyó nada banal, causaba, en las presentaciones, casi un malestar. Por qué cedo -para atrasar una reminiscencia perfecta, buena, difunta, como la resumíamos preciosamente nada más salir, en las avenidas del bosque de Boulogne o de los Campos Elíseos- de repente a recordarme mi satisfacción, tal medianoche, al leer en un compañero de paso, la misma timidez que, en mí, durante mucho tiempo, hacia la amistosa medusa; antes de la alegre decisión de precipitarlo todo por una devoción. «Ante la señora Manet -concluía el paradójico confidente, un afinado conversador entre los grandes poetas jóvenes y de actitud desenvuelta- tengo la sensación de ser un grosero y un bruto.» Semejante declaración, que no oyó la interesada, no volverá a decirse. Como cualquier observación muy sutil pertenece a las hojas de la frecuentación, entreabrirlas, a medias, entrega lo que es debido, de un rostro, al tiempo; relativamente con la excepción, magnífica, en la sinceridad del retiro que eligió a una mujer del mundo para sus adentros; y se precisa un hecho social, al parecer, ahora. Las pocas disidentes del sexo que no presentan la estética por su propia persona, por lo demás, cometen un error, no indico que se trate con somera invasión el culto que, quizá, confiscamos en nombre de estudios y la ensoñación, pasemos una competencia de sacerdotisas sagaces; pero, cuando, al contrario, el arte se inmiscuye desdeñando nuestro pudor que une objetivo y dones en cada uno y, directamente, saltando a lo sublime, alejado, es cierto, gravemente, a lo rudo, a lo fuerte: nos dan una lección de virilidad y, también, dispensarían las instituciones oficiales o estatales, cuidando la noción de vastas maquetas eternas, entre ellas el gusto, de guarecerse, salvo iluminación especial. Una juvenilidad constante absuelve el énfasis. Que la práctica complacería, eficaz, si apuntara, para transportarlas hacia una mayor rareza, mayor y de esencia, a las delicadezas, que nos obligamos a tener casi femeninas. A este juego se entregó, según el tacto de una bisnieta en descendencia de Fragonard, la señora Berthe Morisot, no hace mucho emparentada al hombre, de este tiempo, que ha refrescado la tradición francesa —por matrimonio con un hermano, el señor Eugène Manet, espíritu muy perspicaz y correcto. Siempre, deliciosamente, a las manifestaciones perseguidas por el impresionismo, la fuente, en pintura, viva, un cuadro, veámoslo de nuevo, en 1874, 1876, 1877, 1883, límpido, estremeciéndose domeñaba carnaciones, huertos, cielos, toda la ligereza del oficio con una pizca de siglo XVIII exaltada de presente, la crítica, enternecida por algo menos perentorio que el entorno y elíseamente sabroso: error, una acuidad que impedía ese conjunto, desconcertaba la benevolencia. Habida cuenta, es importante, de que la fascinación de la que uno quisiera gozar, superficialmente y a través de la presunción, sólo se produce en condiciones íntegras e incluso para el paseante hostiles; como pesadumbre. Toda maestría produce desazón; o el polvo frágil del colorido se protege por un cristal, adivinación para algunos. Semejante, con bravura, existencia iba a continuar, despreocupada, tras victoria y en el homenaje; cuando falló la previsión, durante el invierno, de 1895, de tardías heladas, he aquí que han vuelto los doce meses: la ciudad se enteró de que esta ausente, en magias, se retiraba más adelante, o sea supremamente, a merced de una enfermedad estacional. No, en una sobriedad de despedirse sin insistencia o al avivar la cincuentena una expresión, pronto, recuerdo: se sabía que era persona de pronto capricho, para conjurar el tedio, singular, apta en las resoluciones; pero no habría acogido ésta de morir, antes que conservar el círculo fiel, debido, apasionadamente, a una ardiente llama materna, a la que se entregó, por entero, la creadora; sufrió, ciertamente, la lástima o la tortura, pese a la fuerza de ánimo, pensando en la hora inquieta de abandonar, aparte de un motivo para una u otra de separación, junto al caballete, a una muchacha muy joven, de dos sangres ilustre, de abandonarla a sus propias esperanzas uniendo la hermosa fatalidad de su madre y de los Manet. Consignemos la sorpresa de los periódicos al relatar por propia iniciativa, como un detalle destacado para los lectores, el vacío, en el arte, creado por una desaparecida anteriormente reservada: debido, de repente, a la afirmación, de la que cualquiera da noticia, al instante saludó esta fama tácita. Si he inoportunamente, preludio al triunfo y la delicia, ¡ay! aniversarios, oscurecido con el luto, unos rasgos invitados a formar de nuevo la fisonomía más noble, doy fe de un error, acuso la flaqueza conveniente a las tristezas; la imparcial visitante, hoy, de sus obras, no lo quiere ni, ella misma, entre todos esos retratos, interceptar desde lo alto de una cabellera emblanquecida por la abstracta depuración en lo bello más que añosa, con alguna largura de velo, un juicio, foco sereno de visión o que no necesita, en esa circunstancia, el distanciamiento de la muerte; sin añadir que sería, para la artista, en efecto, arrojar en tal ámbito gozoso, festivo, en flor, la única sombra que, por ella, fuera jamás pintada y que su pincel recusaba. Aquí, que se desvanezcan, dispersando una caricia radiante, idílica, fina, de polvo iridiscente, tornasolada, como en mi memoria, los cuadros, queda, su armazón, tantos soberbios dibujos, no de menor instrucción, para dar testimonio de una ciencia en la voluntaria firma, colores aparte, sobre un tema —en total trescientas obras aproximadamente, y estudios que el público apreciará con el sentido, virgen, procedente de este lustre anacarado y plateado; ¿es preciso, la obsesión de sugerencias, que aspiran a traducirse llegada la ocasión, acallarla, en el minuto, suspendido de perpetuidad opalescente? Silencio, excepto que aparece un espectáculo de encantamiento moderno. Lejos o tras la ventana que prepara al exterior y mantiene, en una espera verde de Hespérides de sencillas naranjas y entre el ladrillo rosa de El Dorados, de repente la irrupción de alguna jarra, deslumbramiento del día, mientras que multicolor se propaga en tapicerías y alfombras regocijadas, el genio, destilador de la Crisis, donde cesa el destello de las quimeras en el mobiliario, es, ante todo, de una pintora. Poetizar, por arte plástica, medio de prestigios directos, parece, sin intervención, producto del ambiente que despierta en las superficies su luminoso secreto: o el rico análisis, castamente para restaurarla, de la vida, según una alquimia, movilidad e ilusión. Ninguna iluminación, intrusa, de sueños; pero suprimidos, en cambio, los aspectos común o profesional. Sea, que la humanidad exulte, en tanto que las carnes de preferencia en la niña, fruto, hasta el botón de la nubilidad, aquí tiernamente acaba esta celebración del desnudo, nuestra contemporánea, aborda a su semejante como no hay que omitirla, la criatura de gala, agenciada en vista de usos extraños, elegante o perfilada mostrando al calígrafo a menos que el género induzca, literariamente, al novelista; maravillosamente, la restituye, con qué clarividencia, vivificándose el raso con un contacto de piel, el oriente de las perlas, con la atmósfera: o, desviste, en negligé ideal, la mundanidad cerrada al estilo, para que brote la intención de la vestimenta en una relación con los jardines y la playa, un invernadero, la galería. El giro clásico renovado y esas fluidez, nitidez. Magia, sí, cotidiana, sin distancia, por la inspiración, más que el aire hinchando un deslizar, por la mañana o la tarde, de cisnes hacia nosotros; ni más allá que no se aclimate, de las alas apartada y de todos los paraísos, la entusiasta innatez de la juventud en una profundidad de jornada. Recordar, independientemente de los sortilegios, a la maga, hace un momento obedece a un deseo, de concordancia, que ella misma acarició, de ser percibida por los demás como ella se presintió: se puede decir que nunca le faltó admiración ni soledad. Más, por qué —hay que mirar las paredes— acerca de aquella cuyo elogio corriente —pretende que su talento denote a la mujer— aún, también, que un maestro: su obra, acabada, según la estimación des los pocos grandes originales que la contaron como compañera en la lucha, vale, al lado de cualquiera, producida por uno de ellos y se vincula, exquisitamente, con la historia de la pintura, durante una época del siglo. |
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