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Traducción de Miguel Saénz
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En el canto XVIII de la Ilíada, Tetis suplica a Efesto, el herrero de los dioses, que forje una armadura y un escudo para su hijo Aquiles. En los versos 478-608, se describen en detalle las escenas cívicas, agrarias y pastoriles cinceladas en el escudo, un microcosmos de la vida cotidiana pacífica en tiempos homéricos. Las únicas escenas bélicas son el sitio de una ciudad, quizá un reflejo del mismo sitio de Troya, y una emboscada de los sitiadores. La descripción comienza con la Tierra, la Luna, el Sol y las constelaciones cinceladas en el centro, y termina con la escena de un baile y la mención del río Océano que rodea circularmente el borde del escudo, del mismo modo que, según se creía, rodeaba el mundo conocido. La descripción del escudo de Aquiles constituye seguramente la écfrasis más antigua conocida de la historia de la literatura, y el ejemplo por antonomasia de lo que algunos críticos modernos han definido como écfrasis «nocional», es decir, la representación literaria de una obra de arte imaginaria, en oposición a la écfrasis «real», que describe o responde a una obra de arte existente.
La versión del escudo de Auden es radicalmente distinta de la homérica: si bien toma todo aquello que Tetis esperaba ver en el escudo original («vides y olivos», «ciudades de mármol»...), lo que en realidad contempla en el escudo es un mundo yermo y devastado por la guerra y el totalitarismo, el mundo del siglo XX. Se ha observado que Auden, buen conocedor de los clásicos, no dudó a veces en criticarlos y subvertirlos. Así, por ejemplo, en su poema «Epica secundaria» ataca a Virgilio por su uso de la profecía histórica. Y en otro poema ecfrástico, «Musée des Beaux Arts», que el lector encontrará en el número anterior de Saltana, prefiere la distante imágen del Ícaro que cae del cuadro de Bruegel en lugar de la escena del relato de Ovidio. De manera similar, «El escudo de Aquiles» se centra en aquello que no aparece en el modelo clásico, hasta el punto de reducir a Aquiles a la condición de un moderno homicida. Publicado por primera vez en Poetry en octubre de 1952 e incluido luego en el poemario del mismo título, puede que la composición de «El escudo de Aquiles» haya estado influenciada por la lectura de L'Iliade, ou le poème de la force, un ensayo de Simone Weil aparecido con pseudónimo en el invierno de 1940 y publicado en traducción inglesa en noviembre de 1945 en la revista neoyorquina Politics, donde la pensadora francesa realizaba una penetrante lectura del texto homérico a la luz de la violencia de la guerra mundial.
Las imágenes que acompañan la presente traducción incluyen una interpretación pictórica romana, otra renacentista y una de principios del siglo XVIII sobre el momento de la recepción del escudo y la armadura, momento que sirve de escenario del poema de Auden. Se trata, de algún modo, de interpretaciones tan libres como la de Auden: el verso final del canto XVIII donde se menciona la entrega nada permite conjeturar sobre el gesto, la actitud o el pensamiento de Tetis, salvo la celeridad con la que la diosa lleva luego las armas a Aquiles saltando del monte Olimpo «como un gavilán». (S)
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She looked over his shoulder
For vines and olive trees,
Marble well-governed cities
And ships upon untamed seas,
But there on the shining metal
His hands had put instead
An artificial wilderness
And a sky like lead.
A plain without a feature, bare and brown,
No blade of grass, no sign of neighborhood,
Nothing to eat and nowhere to sit down,
Yet, congregated on its blankness, stood
An unintelligible multitude,
A million eyes, a million boots in line,
Without expression, waiting for a sign.
Out of the air a voice without a face
Proved by statistics that some cause was just
In tones as dry and level as the place:
No one was cheered and nothing was discussed;
Column by column in a cloud of dust
They marched away enduring a belief
Whose logic brought them, somewhere else, to grief.
She looked over his shoulder
For ritual pieties,
White flower-garlanded heifers,
Libation and sacrifice,
But there on the shining metal
Where the altar should have been,
She saw by his flickering forge-light
Quite another scene.
Barbed wire enclosed an arbitrary spot
Where bored officials lounged (one cracked a joke)
And sentries sweated for the day was hot:
A crowd of ordinary decent folk
Watched from without and neither moved nor spoke
As three pale figures were led forth and bound
To three posts driven upright in the ground.
The mass and majesty of this world, all
That carries weight and always weighs the same
Lay in the hands of others; they were small
And could not hope for help and no help came:
What their foes like to do was done, their shame
Was all the worst could wish; they lost their pride
And died as men before their bodies died.
She looked over his shoulder
For athletes at their games,
Men and women in a dance
Moving their sweet limbs
Quick, quick, to music,
But there on the shining shield
His hands had set no dancing-floor
But a weed-choked field.
A ragged urchin, aimless and alone,
Loitered about that vacancy; a bird
Flew up to safety from his well-aimed stone:
That girls are raped, that two boys knife a third,
Were axioms to him, who'd never heard
Of any world where promises were kept,
Or one could weep because another wept.
The thin-lipped armorer,
Hephaestos, hobbled away,
Thetis of the shining breasts
Cried out in dismay
At what the god had wrought
To please her son, the strong
Iron-hearted man-slaying Achilles
Who would not live long.
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Ella miró sobre el hombro de él
buscando vides y olivos,
ciudades de mármol bien gobernadas
y barcos surcando mares altivos,
mas allí, sobre el metal luciente,
sus manos habían puesto como
un páramo artificial
y un cielo como de plomo.
Una planicie sin accidentes, parda y desnuda,
ni una brizna de hierba o señal humana,
nada de comer, ninguna ayuda,
mas, congregada en la extensión lejana,
una multitud incomprensible,
un millón de ojos, un millón de botas alineadas,
sin expresión, aguardando inanimadas.
Una voz sin rostro, allá en la altura,
demostró con estadísticas que eran justos sus destinos,
en tono seco y plano como la llanura:
no hubo vítores, ni gestos alegres o mohínos;
columna tras columna, alzando remolinos,
partieron, abrazando así una causa
cuya lógica les traería desgracias sin pausa.
Ella miró sobre el hombro de él
buscando ceremonias rituales,
becerros enguirnaldados de flores,
libaciones y sacrificios de animales,
mas allí, sobre el metal luciente,
donde el altar se hubiera debido alzar,
vio, a la parpadeante luz de su forja,
una escena en nada similar.
Alambre espinoso cerraba un lugar cualquiera,
donde oficiales ociosos holgaban (uno bromeó)
y centinelas sudaban, porque el día era una hoguera:
una multitud de gentes comunes y honestas se acercó
y, mirando ajena, ni se movió ni habló
cuando tres figuras pálidas fueron traídas y atadas
a sendos postes derechos con las bases enterradas.
La masa y majestad de este mundo, todo
lo que tiene peso y siempre pesa lo mismo,
estaba en manos de otros; ellos, pequeños a su modo,
no podían esperar ayuda, sólo fatalismo:
sus enemigos hicieron lo que quisieron y el abismo
fue peor de lo imaginado; perdieron su dignidad,
muriendo como hombres antes de hacerlo de verdad.
Ella miró sobre el hombro de él
buscando atletas en el juego,
hombres y mujeres bailando
y moviendo sus suaves miembros luego,
deprisa, deprisa con la música,
mas allí, sobre el metal luciente,
él no había puesto un lugar de baile
sino un campo ahogado en maleza inclemente.
Un golfillo andrajoso y de incierta carrera
merodeaba por el terreno; un ave
voló para escapar a su piedra certera.
muchachas violadas, dos chicos contra uno y una herida grave
son axiomas para él, que no sabe
que hay mundos en que se cumplen las promesas
y hay quien llora cuando otro llora en sus empresas.
El armero de finos labios,
Efesto, renqueando se alejó;
Tetis, la de los brillantes pechos,
consternada se lamentó
al ver lo que el dios había forjado
para agradar a su hijo, el fuerte
Aquiles, homicida de corazón de hierro
que pronto se enfrentaría con la muerte. |
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TETIS RECIBE DE EFESTO EL ESCUDO DE AQUILES
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Efesto muestra a Tetis el escudo de Aquiles, s. I a. C
Fresco de la Casa de Paccius Alejandro, Pompeya
Museo Arqueológico Nacional, Nápoles
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Tetis recibe de Efesto el escudo de Aquiles, c. 1540
Maerten van Heemskerck
Kunsthistorisches Museum, Viena
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Tetis recibe de Efesto el escudo de Aquiles, 1710
James Thornhill
Tate Gallery, Londres
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(Or) W.H. AUDEN , The Shield of Achilles, Londres: Faber & Faber, 1955.
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Esther SÁNCHEZ PARDO, «El silencio de Auden y el clamor de la historia», Nexus, boletín de la Asociación Española de Estudios Anglo-Norteamericanos (AEDEAN), 2007.2 (formato .pdf).
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