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Escucha —me ha dicho una voz de sombra—
¿no oyes subir el Gran Miedo?
Todo vacila... Caen gusanos del sol negro...
Se ha roto el último crepúsculo
sobre las mariposas agonizantes.
La noche da el primer beso de tinieblas
a la reciente calavera del mundo.
Lincoln y Gog hablan con Jesús
en el puente de Brooklyn. ¡Londres!
Londres se ahorca con la cuerda de su Támesis:
«Well». Los grandes bosques sin viento se derrumban.
En Europa llora un niño. En Rusia no llora nadie.
África oculta sus leones y colmillos.
«¡Os abrazo, millones!» Un soplo de cuartel
marchita la mascarilla de Beethoven.
Un niágara de florecillas busca, vacilando,
la tumba de la última muchacha muerta de amor.
Los ángeles tocan tambores de silencio.
«Escucha, escucha, —continúa la voz de sombra—
Abre tu frente y escucha. Hierro en los ojos...
Mecánica en las piernas...
Banderas con sombras de cuervos.
Una revuelta de niños carga monumentos y cloacas
en los primeros trenes que salen para la Nada...»
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